Imperios liberales. Estados Unidos y Francia
98 Estados Unidos de América los cruzados antiterroristas y los cristianos evangélicos hubieran aplaudido a rabiar al senador republicano Albert Beveridge, quien en 1900 proclamaba que no renunciarían a «la misión de nuestra raza, administradora, Dios mediante, de la civilización del mundo». A mediados del siglo XX, John Foster Dulles, secretario de Estado del presidente Eisenhower, señalaba que «Para nosotros hay dos clases de personas en el mundo: los cristianos que apoyan la libre empresa, y los otros». Lo singular es que este país, que se dice «cristiano», termina rescatando el capitalismo de mercado y su expansión mundial para su propio provecho. Su excepcionalidad le impulsa a actuar para beneficiarse, según ellos, merecidamente. Inaugurando este siglo, el presidente demócrata William Clinton en su discurso sobre el estado de la Unión del año 2000, expresó sin tapujos ni eufemismos qué es para ellos la globalización: un medio para «realizar todas las oportunidades de nuestra economía» 48 . La nación excepcional a la cual su dios le ha encargado deberes excepcionales, por supuesto que ha de ser señalada y recompensada con beneficios excepcionales. La productividad y beneficios del capitalismo de mercado son manifiestamente un regalo de Su gracia. El propio Antiguo Testamento establece que Yahvé señala y premia con prosperidad a sus elegidos. El problema radica en que, como es sabido, esa recompensa es a costa del resto de las naciones, de las ordinarias . 48 Clinton no es original en su afán. Antes, Ulysses Grant, presidente republicano de la segunda parte del siglo XIX, aceptaba que su país seguiría a Inglaterra en cuanto a poner sus utilidades por sobre los principios y el resto de las naciones: «en menos de 200 años, cuando Estados Unidos haya sacado de la protección todo lo que ella puede darle, también adoptará el librecambio».
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