Imperios liberales. Estados Unidos y Francia
93 Imperios Liberales. Estados Unidos y Francia nobles y más viriles de hombres». Es decir, por la raza blanca con Estados Unidos como estandarte y, en un segundo plano, por Europa Occidental. Luego, a partir de la segunda mitad del siglo XX, al declararse la Guerra Fría, a la par de la propaganda que relevaba la libertad y la democracia, la lucha anticomunista no pocas veces fue caracterizada, legitimada y sostenida a modo de una cruzada religiosa de combate contra el ateísmo. Es más, ¡contra un enemigo demoníaco! Estados Unidos no solo era la nación llamada a enfrentarlo, sino la única capaz de hacerlo dada su excepcionalidad 43 . En ese contexto, a mediados del siglo pasado, el Pentágono distribuía material a las iglesias cristianas asegurando que la nación estaba del lado de la divinidad, y su ejército «empeñado en un combate mortal con las fuerzas enemigas de Dios» 44 . Igualmente, en 1952, el mismo Pentágono compuso una oración y solicitó que se rezara en todas las iglesias en el Día de las Fuerzas Armadas. Estas estaban abocadas a defender al país y a su forma de vida, así como también, a su religión: Humildemente rogamos tu bendición, Padre Celestial, sobre las armas de nuestra nación en la tierra, en el mar y en el aire, mientras resguardamos los baluartes del mundo libre en defensa de nuestros hogares, nuestro país y tu legítimo lugar en el alma del hombre. Otros casos de ese convencimiento en la excepcionalidad nacional materializado en un espíritu de cruzada, en un deber auto asumido, se pueden encontrar entre el clero estadounidense. En plena guerra de Corea –conflicto que dejó unos tres millones de coreanos muertos–, el cardenal católico Francis Spellman comparaba 43 Esos nexos entre fundamentalismo puritano y anticomunismo, y en general, con el antirradi- calismo, no son nuevos. Un ejemplo de aquellos fue a partir de la década de los veinte del siglo pasado, el devoto y criminal Ku Klux Klan; el cual, junto con ser racista antinegro, era también antisemita, anticatólico, antiextranjero y antirradical (siendo durante esos años, para la dominan- te opinión pública conservadora, la condición de extranjero y radical casi sinónimas). 44 Es curioso que, en un entorno puritano, se hiciera la salvedad de que no era su intención afirmar que «el destino de esta nación... esté ligado inseparablemente al propósito divino de la historia».
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