Imperios liberales. Estados Unidos y Francia
84 Estados Unidos de América mero arranque populista de algunos de sus políticos. A pesar de que sí sea posible calificar de populismo a toda esa retórica nacionalista- religiosa o religiosa-nacionalista, el punto es que debe admitirse, cual dato de la causa, que tal discurso haya tenido y siga teniendo tanto éxito entre el pueblo. Se reitera que ello ocurre por ser ya parte de la propia cultura nacional. Franklin Roosevelt, quien es considerado progresista y hasta fuera acusado de «socialista», con algunas diferencias en la forma sostenía la misma mitología que Ashcroft, un derechista extremo y reconocido fundamentalista cristiano. No es monopolio de una derecha afiebrada la ideología mítica de creerse excepcionales. Por eso George W. Bush declaró luego de los atentados del 11 de septiembre de 2001: «Aquel que no está con nosotros está contra nosotros» y «sabemos que Dios no es neutral». Lo hizo con una total convicción en sus dichos. Él y la mayoría de sus compatriotas piensan que, sin duda, la suya es una nación sin par. Dios está con ellos, God Bless America (Dios bendiga a Estados Unidos) es el mantra autojustificatorio de sus acciones excepcionales... aunque violen las leyes internacionales. De ahí que Bush, en tanto cristiano fundamentalista, se atreviera en un primer momento a bautizar su «Guerra contra el terrorismo» con el nombre de «Justicia infinita». Tal acepción, a todas luces –tal como lo había denunciado Martin Luther King en 1968–, los convertía en una especie de brazo armado de su divinidad nacional o nacionalizada 31 . Esa excepcionalidad y su consiguiente obediencia a un código especial , diferente al de todas las demás naciones, no es una idea nueva. El ya citado Thomas Jefferson, perteneciente a la generación de los «padres fundadores» y su tercer presidente –o sea, uno de quienes trazó el plan original de la federación y comenzó a llevarlo a cabo–, había sostenido la misma idea en los inicios de la república: 31 La religiosidad nacional dio lugar a un debate a raíz de dicha denominación, y al final, se cam- bió el nombre de la operación al consensuarse de que la «Justicia infinita» correspondía a Dios (en esencia un ser infinito). Es obvio que el nombre original fue también un mensaje político: le declaró al mundo hasta dónde llegaba su unilateralismo.
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