Imperios liberales: Estados Unidos y Francia

82 Estados Unidos de América A comienzos del presente siglo, en 2006, en la Convención Anual de los Bautistas del Sur, Condoleezza Rice, secretaria de Estado del gobierno de Bush hijo, hizo piadosas y belicosas declaraciones a propósito de la libertad religiosa. En su alocución reconocía para su país el rol de legítimo agente de la voluntad de Dios en la Tierra: La libertad religiosa es un objetivo que exige claridad moral. Y, señoras y señores, el mensaje de América [Estados Unidos] no puede ser más claro: los gobiernos no tienen ningún derecho a interponerse entre los individuos y el Todopoderoso (...) No dirigimos la causa de la libertad porque creamos que los pueblos libres estarán siempre de acuerdo con nosotros. No será así. Ese es su derecho y América [Estados Unidos] defenderá ese derecho. Lo hacemos porque creemos, y porque vemos que nuestra creencia es válida, que la gente merece y desea vivir en libertad. Las aseveraciones citadas de Kennedy, Trump, Roosevelt, Ashcrof y Rice dan cuenta de la plena certeza de ser excepcionales: son los ejecutores de la voluntad divina en la Tierra y moralmente superiores. Esa seguridad ha sido y es el fundamento de la negación de todo derecho internacional que se interponga en el camino de esta nación excepcional. Camino que ha incluido unilateralismo, agresiones militares, violaciones masivas a los derechos humanos y apropiación de recursos de otras naciones. En esa lógica, desde fines del siglo XX, las élites políticas vie- nen sosteniendo que la jurisdicción de los tribunales internacionales se ha «demostrado inapropiada» para su país. Se afirma que Estados Unidos no está sometido a aquellas leyes y normas; es más, no es conveniente que lo esté. El principio jurídico básico de la universali- dad de ese marco legal no es válido en su caso dada su excepcionali- dad. Pueden hacer lo que está prohibido a todas las demás naciones y, al mismo tiempo, por medio de presiones y de la violencia, obligar a aquellas a respetar las mismas leyes que ellos violan. No es raro entonces que su Congreso rechazara en 1920, una vez terminada la Primera Guerra Mundial, el ingreso del país a la

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