Imperios liberales: Estados Unidos y Francia
80 Estados Unidos de América III. Un imperio excepcional La mayoría del pueblo estadounidense, al estar convencido de pertenecer a una nación elegida por Dios para llevar adelante una misión redentora planetaria, termina concluyendo que sus derechos y deberes en las relaciones que establece con los demás países fueron determinados por su dios nacional o nacionalizado. El agresivo fanatismo del presidente George W. Bush, a propósito del ataque a las Torres Gemelas el 2001, no era una anomalía estadística o fruto de su extravagante personalidad. Era una expresión más de una fe nacional transversal que no se limita a políticos, militares o predicadores, en especial, fundamentalistas. La mayoría del pueblo de la Unión no duda de vivir en una nación «regida por Dios» (u nder God ). Precisamente, esa afirmación es parte del juramento de fidelidad a la bandera ( Pledge of Allegiance ) hecho por los niños y jóvenes de las escuelas públicas. He ahí el fundamento místico desde donde se deriva la firme creencia en su superioridad moral, económica, política, social, jurídica, cultural y hasta religiosa y racial . Esa es también la fuente de la legitimidad y hasta necesidad de su agresivo voluntarismo. No por nada en su discurso de toma de posesión de la presidencia, el demócrata John Kennedy sostenía que «los derechos humanos no proceden de la generosidad del Estado sino de la mano de Dios». El primer gobernante del país formalmente católico e ícono del progresismo de los años sesenta, es otro ejemplo de esa conjunción entre la voluntad de Dios, del dios de Estados Unidos, y las acciones de sus gobiernos: Con la buena conciencia como única y segura recompensa, con la historia como juez final de nuestros actos, marchemos pues guiando la tierra que tanto amamos, invocando Su bendición y Su ayuda, pero conscientes de que aquí en la tierra la obra de Dios debe ser, en realidad, obra nuestra.
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