Imperios liberales. Estados Unidos y Francia

28 Prólogo … la Ilustración fue explícitamente un piadoso movimiento de élite. Sus autores no hablaban por nadie externo a su grupo aristocrático y burgués, ni tampoco buscaban inter- pretarlos. E, incluso, al interior de aquella élite quedaban fuera las mujeres. Luego, los movimientos revolucionarios de los colonos norteamericanos y de la burguesía francesa del siglo XVIII replicaron ese elitismo al asumir las ideas iluministas. Lo hicieron fundados en esos pensamientos exclusivos y excluyentes, en la cultura clasista y racista de la época o en una síntesis de esos elementos. Sobre todo, en el caso estadounidense, esas actitudes se sintetizaron con la interpretación puritana del cristianismo. Además, a am- bos lados del Atlántico, de nuevo no se consideraron a las mujeres (p. 44). El razonamiento de Monares es categórico; solo agregaría que es importante tener presente los consejos de los viejos historiadores acerca de la existencia un estado de desarrollo de cultura , o el cita- do concepto de la pseudespeciación. Lo anterior implica, respecto de los relatos universales, y desde mi perspectiva, que el relato de la modernidad es doctrinariamente universalista, aunque su expresión práctica es claramente particularista al ejecutarlos pueblos y culturas con historia y un sistema de valores específico del cual no pueden abstraerse. Esta inflexión respecto al argumento del texto en nada merma la calidad de la reflexión. De hecho, no puedo estar más de acuerdo con que «Los triunfadores de la Revolución inglesa de 1688 terminarían imponiendo lo que, con el paso de los años, llegaría a llamarse ‘liberalismo clásico’» (p. 56) y, yo agregaría, desde una perspectiva que solo advertía las debilidades del Antiguo Régimen, que, sin embargo, durante largo tiempo había construido hegemonía gramsciana, o, si se prefiere, un pacto social que filtraba el perma- nente uso de la fuerza. El autor continúa: «El pacto republicano o liberal no era socialmente transversal ni menos universal: formaban parte de aquel solo los varones blancos propietarios», y remata: «La forma de hacer menos descarado el mantenimiento del statu quo fue maquillarlo tras el velo de una general igualdad ante la ley» (p. 56). Desde luego, esta aseveración en su primera parte tiene matices, si solo atendemos a la mirada de Tocqueville y su fascinación por la Democracia en América hacia la década del treinta del siglo XIX y

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