Imperios liberales. Estados Unidos y Francia
26 Prólogo Para Monares –y este es uno de los aspectos más perfilados del trabajo que tienen en sus manos– existe una clara continuidad del redencionismo estadounidense a través de su historia, aspecto que va quedando claro en los acápites: IV. Un imperio de una pecu- liar bondad ; VI. «…y la hija destruyó a la madre» , así como aquel dedicado a América Latina, VIII. El imperio y su «patio trasero». Comencemos por la auto imagen de la sociedad estadounidense: En esa imagen que dicha nación ha desarrollado acerca de sí misma se fundamenta su orgullo. Aquella es el cimiento de su incapacidad de entender la animadversión e incluso las críticas hacia su país. Incapacidad ciega a sus propias acciones al punto de terminar desvariando con prosaicas explicaciones de envidia hacia sus instituciones o sistema de vida. Pero, sin jamás preguntarse por qué otras naciones desarrolladas con democracias liberales y capitalismo de mercado no provocan tal antipatía (p. 104). Podemos complementar esta rica mirada de Monares acu- diendo al atípico concepto del psicoanalista Erik Erikson: una pseu- doespeciación. Mediante este se explica la tendencia de los grupos a distanciarse de otros grupos y a considerarse superiores con respecto a ellos. Es así como diversas culturas se consideran a sí mismas como «los seres humanos» o «los verdaderos seres humanos», de lo que se subentiende que las demás no lo serían, puesto que no ha- rían parte de la misma especie. Este impulso a la pseudoespeciación fungiría como mecanismo etnocéntrico explicativo de su propensión conflictual, más que a una mera afición estatal por el crimen, como sostiene Monares, con lo que discrepo: si, como todas las sociedades, la de Estados Unidos se siente especial y única, la diferencia consiste en que ningún otro Estado en la Tierra tuvo antes tanto poder como el que esta nación detentó en gran parte del siglo XX, y que aún posee, a pesar de que hoy vivimos un ciclo de cambios en una com- petencia entre Occidente –del que Estados Unidos es el valedor– y «los otros». Lo anterior no significa que sus altos personeros nunca hayan cometido crímenes; el rechazo a la ratificación para la adhe- sión al Tribunal Penal Internacional –así como la rotunda negativa a firmarlo siquiera por parte de China, Cuba, India, Israel, Nicaragua,
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