Imperios liberales. Estados Unidos y Francia

228 Libertad-Igualdad-Fraternidad hacer la guerra a los árabes (Toqueville citado en Losurdo, 2005: 234) 75 . Ahora bien, el singular altruismo civilizatorio galo –fuera hipócrita o sincero–, no era obstáculo para despertar un abierto entusiasmo por el imperialismo y el colonialismo a raíz de motivos más mundanos. Puntualmente, se trataba de «no perder el prestigio de la ‘Gran Francia’», lo cual implicaba competir con las demás naciones europeas lanzadas a la aventura colonial para «obtener un gran imperio». Asimismo, se tenían poderosos incentivos lucrativos: «el beneficio para el país sería incalculable» (Molinero, 2013). En la segunda mitad del siglo XIX, en plena era del industrialismo y del apogeo del libre cambio, el político liberal francés Jules Ferry ⎯ promotor de la educación obligatoria, laica y gratuita, y de la libertad de reunión y de prensa ⎯ , expondrá una síntesis de la ideología europea occidental en general y francesa en particular: «La política colonial es hija de la política industrial» (Schnerb, 1982). Esta postura, claramente, se nutre del pragmatismo de concebir a las colonias como emporios de materias primas y mercados abiertos para acrecentar la riqueza de la metrópoli. En una Europa imperialista lanzada a la competencia colonial, Ferry afirma que el «predominio político» sobre territorios ultramarinos será, a su vez, «predominio económico». De ahí que «la política de recogimiento o de abstención [colonial] no es otra que el camino de la decadencia». Empero, dicho pragmatismo tenía un lado «humanitario y civilizador», como lo expuso el político liberal en julio de 1885 ante la Cámara en París: Es preciso decir abiertamente que, en efecto, las razas superiores tienen un derecho con respecto a las razas inferiores porque existe un deber para con ellas (…) Las razas superiores tienen el deber de civilizar a las razas inferiores. ¿Y existe alguien que pueda negar que hay más justicia, más orden material y moral en el África del Norte desde que 75 Para sopesar la perspectiva de ese momento, que puede parecer delirante o hipócrita, Tocqueville (en un giro que recuerda la justificación de la esclavitud de Aristóteles) no tiene problemas en concluir la mutua conveniencia del colonialismo: «El europeo necesita del árabe para hacer que sus tierras [¡robadas a los argelinos!] fructifiquen; el árabe necesita del europeo para obtener un salario alto» (Toqueville citado en Losurdo, 2005: 240).

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