Imperios liberales. Estados Unidos y Francia
222 Libertad-Igualdad-Fraternidad El historiador británico Eric Hobsbawm corrobora la pers- pectiva de Zola cuando expone la opinión que tenían las élites acer- ca del nivel «máximo apropiado» de salario y consecuente bienestar que debían alcanzar los trabajadores. En Gran Bretaña, Alemania, el Imperio de los Habsburgo y, por supuesto, también en Francia, el clasismo de la época rechazaba, incluso, cualquier atisbo de mejora de las clases bajas. Era necesario mantener los salarios a un nivel tal que no los elevara de su condición ni les permitiera emular la forma de vida de sus «superiores»: … el máximo apropiado [de salario y bienestar] para la clase trabajadora eran buenos alimentos dignos, en cantidad suficiente (preferiblemente con una dosis menos que suficiente de bebidas alcohólicas), una modesta vivienda atestada y unos vestidos adecuados para proteger la moral, la salud y el bienestar, sin riesgo de una incorrecta emulación de la ropa de sus superiores. Se esperaba que el progreso capitalista llevase, eventualmente, a los trabajadores al punto más próximo a ese máximo, y se consideraba lamentable que tantos obreros estuviesen todavía tan por debajo del mismo (aunque, siendo sinceros, esto no era inoportuno si se quería mantener bajos los salarios). Sin embargo, era innecesario, desventajoso y peligroso que los salarios superasen ese máximo (Hobsbawm, 2010: 227) 68 . a. El Imperio francés en los siglos XIX y XX Se constata así que el clasismo francés del siglo XVIII, ya expuesto, se mantenía firmemente en la siguiente centuria. Pero, tampoco se había alterado la ideología y los valores racistas. 68 El clasismo de la élite era compartido por «la clase media de los países del Viejo Mundo», como señala Hobsbawm, la que tenía una opinión tajante de los trabajadores: «debían ser pobres, no solo porque siempre lo habían sido, sino también, porque la inferioridad económica era un índice neto de la inferioridad de clase». Lo irónico es que la última parte de la cita ha sido pródigamente aplicada por la élite a la propia clase media. Por ejemplo, recuérdese en Chile el desprecio aristo- crático por los «siúticos», arribistas que pretendían emularla sin tener el talante (la «clase») ni el dinero para igualar su tren de vida. Ese nivel se caracterizaba por lo que Thorstein Veblen (1995) denominó «consumo conspicuo» y «superfluo».
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