Imperios liberales. Estados Unidos y Francia

181 Imperios Liberales. Estados Unidos y Francia inglesa. Se insiste: eran ya tradicionales. El ejemplo tal vez hoy más conocido es el del también piadoso Thomas Hobbes (2007). Este, casi cuarenta años antes de que Locke publicara sus Dos ensayos sobre el gobierno civil , expuso una estructura teológica y teórica similar a la de aquel en su Leviatán o la materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil (1651), libro que comienza afirmando en su «Introducción» que la «Naturaleza», es decir la Providencia, es «el arte con que Dios ha hecho y gobierna el mundo» 21 . En su Leviatán , en el cual afirma basarse en «principios sacados de la autoridad de la Escritura», Hobbes hizo una propuesta de control fundada en la existencia del «temor a un determinado poder», el cual motiva la observancia de las «leyes de la naturaleza» que buscan la supervivencia de la especie. Miedo del todo necesario, pues «nuestras pasiones naturales (…) nos inducen a la parcialidad, al orgullo, a la venganza y a cosas semejantes». En consecuencia, el filósofo absolutista no dudó en concluir que «los pactos que no descansan en la espada no son más que palabras sin fuerza para proteger al hombre, en modo alguno». El sentimiento de temor de los súbditos ante la violencia del Leviatán no es otra cosa que un medio providencial para lograr primero la constitución de la sociedad y luego controlar a sus miembros para que aquella perdure y así sobreviva la especie. La diferencia entre Hobbes y Locke es, por así decirlo, de grado y no de naturaleza. El primero asumió el absolutismo como medio providencial y, años después, el segundo optará por el republicanismo en el mismo sentido religioso. De hecho, esa idea de la ley y del gobierno como medios de control de la irrefrenable perversidad humana, es una concepción que a la fecha es parte de la tradición política reformada (Monares, 2012). La unidad de fundamentos encontrada entre Hobbes y Locke, en su tiempo, políticamente adversarios, de nuevo da cuenta de la común piedad de la época en general, y de sus intelectuales, en particular. 21 Entre otras diversas muestras de piedad del autor, llama «necios» a quienes «creen que Dios no existe» y, en repetidas ocasiones, señala que Jesús es «nuestro bendito Salvador».

RkJQdWJsaXNoZXIy Mzc3MTg=