Imperios liberales. Estados Unidos y Francia
175 Imperios Liberales. Estados Unidos y Francia fuerte acento materialista. Se sostendrá que los «elegidos» de la divinidad se identifican por su riqueza y éxito mundano, mientras los «condenados» por su pobreza y fracaso, ambas condiciones fruto del decreto que, desde la eternidad, estableció Dios y que Él mismo materializa a través de Su Providencia. Los primeros tendrán el deber de someter a los segundos a las leyes divinas; objetivo que el orden ilustrado burgués cumplió efectiva y eficientemente en lo político, social y económico (Monares, 2012). En tal sentido, y más allá de las excepciones a toda regla, por una amplia gama de razones, en su momento obvias, las élites asumían que la fraternidad no se aplicaba a ese despreciable o, al menos, para nada confiable grupo que eran las clases bajas. Fueran «buenos» o «malos pobres», su precaria situación y sus vicios, en un mundo ya corrupto por el pecado original, eran la prueba empírica de su mayor grado de depravación. Esas características evidentes –¡¿qué creyente o burgués en su sano juicio podía negarlas?!– hacía imposible mantener lazos fraternos con el populacho. Al mismo tiempo implicaba y explicaba su exclusión de la vida sociopolítica, junto con su necesaria sujeción al Estado y a sus superiores : la burguesía y la aristocracia. Tal sujeción se lograba por la fuerza de la tradición o la represión legal 13 . 13 Se podría pensar que la filantropía burguesa y aristocrática son prueba contra lo sostenido en el texto, pero se debe recordar que la caridad y la represión eran dos caras, a veces indistinguibles, de la misma moneda en el tratamiento de los pobres: «la reclusión en hospitales generales y en manufacturas-prisiones». En Francia, en «vísperas de la Revolución», se encierra juntos en «hos- pitales generales, prisiones o dépóts de mendicité [depósitos de mendicidad]», a «buenos y malos pobres, indigentes, enfermos o delincuentes, locos o vagabundos, soldados desertores, artesanos arruinados o prostitutas»: «estos establecimientos se presentan, sin embargo, como casas de be- neficencia que procuran al menos un techo y una alimentación, lo que les vale ser considerados hasta principios del XIX entre los Establecimientos humanitarios » (Petit, 1997: 188. Cursivas del original). En el mismo sentido, como señala G. M. Trevelyan, considérese el caso inglés y el «excesivo interés» de las «escuelas de caridad y dominicales» del siglo XVIII por «mantener a los jóvenes estudiantes en la esfera social a la cual pertenecían y criar así una generación sumisa» (Monares, 2012).
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