Imperios liberales: Estados Unidos y Francia
171 Imperios Liberales. Estados Unidos y Francia intentos, facultades y empresas están bajo la mano de Dios». A esa realidad evidente de la Providencia, se sumará que la degeneración de los individuos hace necesario aquel gobierno, para evitar que cometan males todavía mayores de los que ya realizan. Dentro de esa «corrupción universal», aclarará el reformador, «aún queda lugar para la gracia de Dios; no para enmendar la perversión natural, sino para reprimirla y contenerla». En otras palabras, si bien esa intervención directa no cambia la depravada naturaleza humana, al menos en cierta medida la controla y asegura el cumplimiento de los designios divinos. En especial, ese gobierno busca la supervivencia de la especie, el «Fructificad y multiplicaos» del Génesis (1, 28). En particular, la Deidad se sirve de la «naturaleza» de los individuos para cumplir Su plan. Por tanto, desde esa perspectiva, toda «la administración y gobierno del género humano» está predeterminada por la sabia, justa y arbitraria voluntad divina. Esta es llevada a cabo, de manera providencial, utilizando un medio específico: la naturaleza humana. Afirma Calvino: Dios no deja de llenar, vivificar y mover con la virtud de ese mismo Espíritu a todas sus criaturas; y ello conforme a la naturaleza que a cada una de ellas le dio al crearlas (Calvino, 1988: 186. Cursivas nuestras) 7 . Una vez expuestos los tópicos de la doctrina calvinista que aquí interesan, se debe revisar cómo esa teología fue aplicada por los ilustrados, puntualmente, para encarar el problema de la armonía. Se entiende ahora el motivo de que fuera considerada una paradoja: la armonía se consigue «a pesar de» la naturaleza corrupta de la humanidad. La solución, escribe Tillich (1977), se dará a partir del concepto de «autonomía»: la ley que está en el interior de cada cual. Si la maldad inexorable de la especie cubría de dudas la manera en que 7 Cipriano de Valera, traductor de la Institución de Calvino, en 1597, utilizó la palabra «natura- leza» en lugar de « proprieté » («propiedad») de la versión original en francés (Calvin, 1957). En castellano, «propiedad» es menos adecuada para expresar el sentido de características o cualidades propias; y, además, «naturaleza» será el concepto que se impondrá en la reflexión y discusión moderna. En cuanto al uso divino de la naturaleza humana como medio, un teólogo reformado estadounidense dirá en el siglo XX: «Dios presenta al hombre incentivos externos de forma tal que el hombre actúa en conformidad a su propia naturaleza; sin embargo, hace precisamente lo que Dios ha determinado que hiciese» (Boettner, 1994: 34).
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