Imperios liberales: Estados Unidos y Francia
170 Libertad-Igualdad-Fraternidad Al centrarse en la interpretación del cristianismo de Juan Calvino como fundamento de los ilustrados, primeramente, se debe exponer el teocentrismo extremo de aquella doctrina. Según el reformador, la Deidad, por su voluntad e infinito poder, creó el universo y predeterminó todos sus acontecimientos desde la eternidad; después, por medio de su Providencia, lleva a cabo Su voluntad, decretos o plan de forma constante: «cada año, cada mes y cada día es gobernado con una nueva y especial providencia de Dios»; «Dios gobierna de tal manera todas las cosas con su secreto consejo, que nada acontece en el mundo que Él no lo haya determinado y querido a propósito» (Calvino, 1988: 126-127) 5 . En segundo lugar, y de gran importancia en relación con lo que compete a este capítulo, se debe tomar en cuenta la visión del teólogo francés acerca de la humanidad. Para él la especie está corrupta en todo su ser a raíz del pecado original, lo cual implica que los individuos realizarán innumerables males, pues están «completamente bajo la servidumbre del pecado». Por eso, en cuanto a la voluntad humana, afirmará Calvino de manera terminante que, «bien sabemos cuanta maldad hay en ella»: ...nuestra naturaleza no solamente está vacía y falta del bien, sino que además es también fértil y fructífera en toda clase de mal, sin que pueda permanecer ociosa (...) todo el hombre no es en sí mismo más que concupiscencia (Calvino, 1988: 169) 6 . En síntesis, la acción providencial sería una realidad evidente en todo el universo. Por supuesto que ello incluye a los humanos, quienes, según Calvino, «en sus consejos, propósitos, 5 Respecto de esta doctrina en Calvino (1988), ver el Capítulo XVI del Libro I: «Dios, después de crear con su potencia el mundo, y cuanto hay en él, lo gobierna y mantiene todo con su Provi- dencia». 6 Ante la contradicción de una humanidad guiada divinamente y a la vez malvada, la respuesta calvinista es dogmática: la responsabilidad por el mal no es de Dios, sino de los individuos. El pecado haría parecer incoherente esa cuestión que, en realidad, es obvia: «las cosas recónditas [o «misterios espirituales»] solamente por la revelación del Espíritu le son manifestadas al enten- dimiento humano, de tal manera que son tenidas por locura cuando el Espíritu de Dios no le ilumina» (Calvino, 1988: 190).
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