Imperios liberales: Estados Unidos y Francia
169 Imperios Liberales. Estados Unidos y Francia II. La «armonía» como problema en la Ilustración: ¿es posible la fraternidad después de la «caída»? A decir del teólogo protestante Paul Tillich (1977), uno de los problemas fundamentales que preocupó a los ilustrados, dada su profunda y sincera religiosidad cristiana, fue el de la «armonía». En particular, la manera en que ella se lograba en las sociedades en el presente estado de pecado de la humanidad luego de la «caída» y consecuente expulsión del Edén, lo cual se traducía en una pregunta crucial: ¿cómo se originaban y se mantenían en el tiempo los grupos humanos dada la irremediable condición viciosa de los individuos fruto del pecado original? Reflexionar acerca de lo anterior conllevaba una dificultad, pues al analizar el tema desde el cristianismo reformado y protestante se presentaba una paradoja : la armonía social perduraba «a pesar de» la inexorable e irrefrenable corrupción de los individuos pecadores. De donde surge el empeño de no pocos filósofos iluministas de esclarecer ese proceso o mecanismo paradójico. Para explicar y describir esa situación, apelaron a los fundamentos que cruzan el movimiento: el cristianismo reformado o calvinismo 4 . 4 Como no es posible extenderse aquí en este tema, se remite al lector a Max Weber (1994) quien trabaja las interrelaciones entre lo socioeconómico y el calvinismo, y a R. H. Tawney (1959) sobre la misma temática en el caso inglés. Respecto a la influencia del calvinismo británico (puritanis- mo) en el mundo moderno, se puede revisar a Robert Merton (1984) para el ámbito científico y a Michael Walzer (2008) para el político. En cuanto a ese tipo de religiosidad en la Ilustración, en general, se puede recurrir a Ernst Cassirer (1997), Renato Espoz (2003), Pablo Ramírez (2010) y a Monares (2012). Sin embargo, son los propios iluministas quienes explicitan su piedad, tal como se puede ver en sus más grandes representantes: Isaac Newton e Immanuel Kant. El filósofo natu- ral inglés señaló en una carta de 1692 a su amigo el obispo Richard Bentley: «Cuando escribí mi tratado acerca de nuestro sistema, me preocupé cómo tales principios podrían funcionar cuando el hombre los considera para la creencia en una Deidad, y nada me regocija más que encontrar que ha sido útil para este propósito» (Newton, 1978: 280. Traducción nuestra); lo que refrendará en el «Escolio General» de la segunda edición de sus Principios (1713), al sostener que en su fi- losofía natural «corresponde hablar [de Dios] a partir de los fenómenos» (Newton, 1987). Por su parte, Kant afirmó en una carta de 1773 a Markus Herz: «Brilla para mí en ello [el despeje total del camino para un cultivo universal del pensamiento metafísico], empero, una esperanza que a nadie, salvo a usted, confiaría sin el temor de hacerme sospechoso de la mayor vanidad; a saber, [la esperanza de] darle con ello a la filosofía, de modo duradero, un rumbo nuevo, y más ventajoso para la religión y para la moral» (Kant citado en Ramírez, 2010: 248-249).
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