Imperios liberales. Estados Unidos y Francia
154 Estados Unidos de América Por ello, no se puede dejar de pensar en un servilismo interesado, en un temor indigno de quienes han asumido la tarea de ser fieles mandatarios de sus pueblos, o en una falta, ya no solo de inteligencia, sino hasta de la más mínima lógica. ¡¿Quién entiende a la presa buscando ansiosa la compañía del cazador?! Que nadie ahora haga gala de sorpresa –que en realidad es una pública declaración de ignorancia– cuando Donald Trump, en su calidad de presidente electo, declaró no descartar la coerción militar o económica para que Panamá renuncie al control de su Canal, el cual fue fruto de un tratado solemne entre ambos Estados. Por descabelladas que parezcan sus palabras y pretensiones, se sabe ya que se apegan al estándar en la historia de Estados Unidos. Para nadie puede ser un misterio que América Latina es para Washington un emporio de materias primas, mano de obra barata y mercado para sus productos, junto con el apoyo político y votos que le presta en las organizaciones internacionales. ¿Quién podría creer que los intereses de la región son los mismos del vecino Imperio liberal del Norte y que en ese supuesto empeño común nos tienen por sus amigos, sus socios y sus iguales? No es necesario ser parte de las altas esferas políticas para saber la verdad 124 . En el siglo XIX, el ya citado presidente John Quincy Adams, expuso la esterilidad de los esfuerzos estadounidenses para convencer a las demás naciones de que «no somos un pueblo ambicioso»: esa actitud «no tendrá otro efecto más que el añadir a nuestra ambición la hipocresía». Mas, no hacen falta las sinceras palabras de Adams para caer en cuenta de las intenciones de su país. Su proyecto nacional, 124 Se acepta que en ocasiones Washington moderará el intervencionismo en América Latina, como fue el caso de la administración de Franklin Roosevelt (1933-1945) y su «Política del buen vecino». Si bien no se cree posible aquí explicar esta actitud solo por un repentino cambio ideoló- gico y moral sin tomar en cuenta otros factores: los problemas internos de todo tipo por la Gran Depresión, lo asegurados que ya estaban los intereses comerciales estadounidenses en dichos te- rritorios y el cálculo costo-beneficio económico y político que suponía intervenir/invadir naciones latinoamericanas. En el caso posterior de la «Alianza para el progreso», de John Kennedy, este plan se llevará adelante por el temor a la difusión del comunismo al Sur del río Grande; pero se le dio fin cuando el Sudeste Asiático se transformó en prioridad.
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