Imperios liberales. Estados Unidos y Francia

111 Imperios Liberales. Estados Unidos y Francia bien en un principio el agente estaba de acuerdo en torturarlo con el «ahogamiento simulado», con el tiempo llegó a darse cuenta de que no debía hacerse: «porque nosotros somos norteamericanos [estadounidenses], y somos mejores que todo eso». Los nacionales de la Unión son de tal inigualable particularidad, que lo único que en realidad los podría amenazar... ¡son ellos mismos! En una entrevista concedida el 2007, Colin Powell –exgeneral del Ejército, exasesor de seguridad de Reagan y exsecretario de Estado de Bush hijo–, se preguntaba retóricamente si el terrorismo era la mayor amenaza para su país. Su respuesta no deja de ser perturbadora: [ningún terrorista puede] cambiar el modo de vida o el sistema político de Estados Unidos. Solo nosotros podemos cambiarnos... Lo único que de verdad puede destruirnos somos nosotros mismos. La dualidad entre altos valores expresados en un discurso bondadoso y una práctica criminal ya estaba presente en el nacimiento de la nación. Thomas Jefferson escribió en la Declaración de Independencia «que todos los hombres son creados iguales» y fueron «dotados por su Creador» de «derechos inalienables»: la «Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad». Esos principios fueron firmados y defendidos por las armas por latifundistas esclavistas y un pueblo que, en su gran mayoría, veía en dicha institución una cuestión normal. Institución que además de aberrante en sí misma, se caracterizaba en el país por su crueldad 66 . Los luchadores por la libertad contra la tiranía monárquica no veían ninguna contradicción entre los altos valores y objetivos de su revolución y la esclavitud. Por tal disonancia ideológica y 66 El escritor inglés Charles Dickens da cuenta, en 1842, de la brutalidad de los dueños de negros , al exponer una selección de anuncios de diferentes periódicos sobre esclavos huidos en que se señalan sus características –fruto de sus malos tratos, castigos y torturas– para que fueran recono- cidos, capturados y devueltos: «Podríamos ampliar este catálogo con innumerables brazos rotos, y piernas rotas, y carne sajada, y dientes caídos, y espaldas laceradas, y mordeduras de perros, y marcas de hierros candentes». A lo que hay que sumar las duras penas para quienes enseñaran a leer o ayudaran a escapar a los esclavos.

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