Imperios liberales. Estados Unidos y Francia
104 Estados Unidos de América No tiene nada de raro entonces que, luego del ataque a las Torres Gemelas, el vicepresidente Richard Cheney haya dicho: «No negociamos con el mal, lo derrotamos». Tampoco resultará extraño que, en 1917, el presidente Woodrow Wilson haya declarado: «los principios estadounidenses (...) son los principios del género humano». En esa imagen que dicha nación ha desarrollado acerca de sí misma se fundamenta su orgullo. Aquella es el cimiento de su incapacidad de entender la animadversión, e incluso, las críticas hacia su país. Incapacidad ciega a sus propias acciones al punto de terminar desvariando con prosaicas explicaciones de envidia hacia sus instituciones o sistema de vida. Pero, sin jamás preguntarse por qué otras naciones desarrolladas con democracias liberales y capitalismo de mercado no provocan tal antipatía. Más allá de la bravata de cowboy de Cheney o de la megalomanía patriótica de Wilson, no es posible ignorar la eficacia propagandística que ese tipo de declaraciones ha tenido, y tiene, entre sus conciudadanos. Estas personas, convencidas de su patriótica vocación por la paz y de pertenecer a una nación naturalmente bondadosa, terminan considerando obvio que asesinar a los malos está bien, que es algo necesario; o, por lo menos, no es moralmente reprobable. Un caso muy difundido de esta ideología del buen asesinato o del asesinato correcto, fue la operación que hizo ingresar sin autorización en Pakistán a un comando militar para ejecutar a un desarmado Osama ben Laden (frente a sus hijas menores) y luego arrojar su cuerpo al mar. En la misma línea, el propio director de la CIA de la época, León Panetta, declaró que la información sobre ben Laden se obtuvo por medio de torturas y justificó esas «técnicas de interrogación coercitivas». ¡Vaya eufemismo! Por su parte, Eric Holder, fiscal general de Estados Unidos, declaró que la operación fue «completamente legal y en acuerdo con nuestros valores» 55 . 55 En relación con la aceptación y fomento de buenos homicidios, no se puede dejar de citar los diversos casos de la cinematografía estadounidense de acción, bélicas o de espionaje de la segunda mitad del siglo XX en adelante: es un guion estándar aquel donde el héroe –ignorando y hasta yen- do contra ese estorbo llamado «ley» nacional e internacional– asesina malvados legítimamente . Hasta en muchos de los filmes animados infantiles, el «villano» pierde la vida de manera trágica en vez de enfrentar a la justicia (¿o porque, de hecho, al fallecer enfrentará a La Justicia ?). La de- bilidad por el homicidio se expresa también en varios Estados de la Unión, donde es legal la pena de muerte y se la aplica, incluso, a discapacitados mentales.
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