Imperios liberales. Estados Unidos y Francia

103 Imperios Liberales. Estados Unidos y Francia La confianza de la mayor parte del pueblo en sus gobiernos no pocas veces ha rayado, como antes se señaló, en una cándida ceguera. Ella se da a pesar de la alta probabilidad de que ni siquiera puedan ubicar los países ayudados o liberados en un mapa, o tampoco tengan la más mínima idea de lo que en verdad ocurre en aquellos. Sus soldados están ahí para ayudar o liberar a esa gente. Punto. De donde habría que ser un antipatriota para no respaldar el «llevar la democracia» a algún lugar oprimido por un cruel «dictador»... quien puede ser, en realidad, un presidente elegido democráticamente y que hace lo posible por mejorar la condición de sus conciudadanos. La omnipresente cultura y propaganda nacionalista consigue que los estadounidenses se convenzan de que solo quien no ama al país y a su bandera se opondría a lo que en realidad es una invasión o una ocupación. Todo patriota se hace eco del eslogan Support Our Troops (apoya a nuestras tropas) 54 . Las muertes de los otros , de esas desconocidas y anónimas personas de los pueblos a quienes se libera , son el lamentable «costo colateral» de una misión en esencia humanitaria. La ciudadanía de la Unión se ve a sí misma como ese «pueblo tan pacífico» del que hablara, en 1880, el filósofo e historiador John Fiske. Son miembros de una nación sin duda inocente y bondadosa. Peculiarmente inocente y bondadosa . Esa esencia, junto con su amor por la libertad, los llevaría a salir del «mejor país del mundo» y a adentrarse en ese extraño y peligroso territorio que está más allá de sus fronteras. Ahí combaten el Mal en sus diversas formas para llevar la libertad (la democracia liberal y el capitalismo de mercado) donde se requiera, según, claro está, los particulares criterios de Washington. Cualquiera sea la forma que tome la maldad es una antípoda del país y de su esencia, es inherentemente antiestadounidense . 54 Cuando se toma en cuenta que alrededor del 80% de los estadounidenses no tienen pasaporte y, por ende, nunca han salido del país –salvo un porcentaje menor a México o Canadá donde no se requiere dicho documento–, se tiene un dato más para comprender por qué ese mundo exterior les es desconocido. Esa ignorancia facilitaría la tarea de la propaganda, con mayor razón en las zonas más conservadoras y religiosas. Pero ese desconocimiento, sumado y potenciado por su mitológica visión de sí mismos y, ciertamente, por sus miedos rayanos en lo absurdo, también se encuentra entre los políticos (¡y hasta en la propia CIA!). A través de la historia, esa élite ha hecho gala de una impresionante incapacidad para comprender el mundo exterior , lo cual explica un gran número de acciones –abiertas o encubiertas, pacíficas o militares– fracasadas o de nefastas consecuencias para las naciones donde se realizaron y hasta para la propia Unión.

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