Imperios liberales. Estados Unidos y Francia
102 Estados Unidos de América Unidos sigue siendo un imperio criminal. Y, ¡vaya paradoja!, uno que hace gala de una agresiva bondad . He ahí la peculiaridad de esa bondad; sea la sinceramente ruda de los republicanos o la sinceramente humanitaria de los demócratas. Ambos partidos fundamentan en principios sus acciones violentas en el exterior, pero la experiencia muestra que tales criterios suelen ser dejados en un segundo plano ante los intereses del país (esto último, finalmente, un eufemismo para señalar los intereses materiales de sus élites) 53 . El que una parte mayoritaria de la ciudadanía, con diversas y honrosas excepciones, históricamente haya asumido que las intervenciones y agresiones de sus diferentes gobiernos son parte de una política exterior bondadosa, ha devenido en un respaldo a las que, en el fondo, o derechamente, son acciones criminales. Ese apoyo se ha materializado a través del pago de impuestos para financiarlas, de una opinión pública favorable, como soldados, con votos o, lo que tampoco es menor, con su abulia y silencio. De ahí se entiende que esa violenta política exterior imperialista, recién empiece a molestarles cuando les aumentan los tributos para costearla. O, peor todavía, recién cuando sus familiares y conocidos vuelven en bolsas plásticas desde los diversos frentes. Antes de eso, no les importa el daño causado por los actos imperialistas de sus gobiernos. Dichas medidas las tienen por intrínsecamente benignas. Desde ese convencimiento, la propaganda legitimadora de invasiones y asesinatos masivos es para ellos de por sí, información fidedigna. Hasta en los muchos casos en que, al tener por resultado la apropiación de riquezas y recursos de otros países, penalmente hablando se está ante verdaderos robos con intimidación o a mano armada y homicidio... De miles de homicidios. 53 El real carácter de la ética de Washington queda al descubierto cuando, en medio de su propia «Guerra contra el terrorismo», se negó a extraditar a Venezuela a Luis Posada Carriles por su probada participación en un acto de terrorismo: hacer estallar en vuelo un avión de la aerolínea Cubana de Aviación, en 1976, que mató a 73 personas. O cuando el presidente George W. Bush propuso y el Congreso confirmó para fiscal general a Michael Mukasey, un exjuez quien no creía que fuera tortura provocar asfixia con agua a personas secuestradas por Estados Unidos. Final- mente, se sabría que este nombramiento no tenía nada de extraño, pues el propio mandatario había ordenado a la CIA emplear ese tormento en quienes habían secuestrado.
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