Arte rupestre, comunidades e historia en el centro norte de Chile
Pigmentos y una larga tradición de pinturas rupestres – 69 en los de tierras bajas, se reproduce en ambas cuencas (Tabla 3.2). Los lineamientos entregados dan cuenta de cómo una mirada más particular a la forma en que se estructuran las prácticas rupestres en la región permite co- menzar a fragmentar el espacio dentro de unidades espaciales delimitadas. Esta separación se refuerza cuando efectuamos un ejercicio similar con los contextos fenoménicos asociados con estas pinturas rupestres. En la cuenca inferior de El- qui y Limarí las pinturas rupestres se emplazan en sitios habitacionales abiertos de los grupos cazadores-recolectores donde junto con estas manifestaciones son recurrentes bloques con piedras tacitas utilizadas en prácticas de molienda vege- tal (Troncoso y Armstrong 2017, Pino et al. 2018). No obstante esta coexistencia de pinturas y tacitas, ellas no comparten rocas y, por tanto, usan soportes rocosos particulares. En contraposición, en sus tierras altas los sitios habitacionales con pinturas corresponden a aleros rocosos, ubicándose las pinturas en las paredes y techos de estos reparos rocosos. Para los casos de Combarbalá y Choapa, encontramos una separación algo similar. En Combarbalá los sitios con pinturas rupestres corresponden básica- mente a reparos rocosos con sus paredes y techos pintados, pero sin superposi- ciones. En Choapa, los sitios con pinturas de interior se asocian a aleros o rocas usadas como reparos, mientras que la pintura conocida para la cuenca inferior es una roca aislada en sitio a cielo abierto. Al acercarnos a comprender la lógica de la práctica visual, espacial, experien- cial y tecnológica de la manufactura de arte rupestre en toda la región podemos observar cómo se comienzan a establecer segregaciones y diferenciaciones al inte- rior de este territorio, las cuales generan un entramado de heterogeneidades. Por un lado, las cuencas de Elqui y Limarí se separan de las de Combarbalá y Choa- pa, mostrando Limarí la mayor intensidad de estas prácticas sociales. A su vez, en la zona norte la producción de arte rupestre se separa entre cuenca superior e inferior, algo que se vislumbra también en Choapa, pero que no es tan claro de- bido a la escasa muestra que se cuenta para aquel sector. Estos datos indican que el arte rupestre más que una práctica de filiación común que se extiende a lo largo de la región corresponde a una práctica que se despliega de forma diferencial en sus distintos territorios y, por tanto, los distintos grupos humanos que ocuparon este territorio desarrollaron variaciones particulares que les entrega una cierta especificidad. Esa particularidad no es sólo visual (referida a diseños y colores), sino también práctica en términos de la intensidad de la actividad de marcado de rocas y del espacio, así como experiencial, en cuanto mientras en los sitios de tierras bajas la vida cotidiana se despliega en asentamientos a sitio abierto, en el interior se desarrolla bajo aleros y reparos rocosos, sugiriendo dos formas de uso
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