Arte rupestre, comunidades e historia en el centro norte de Chile

Arte rupestre, comunidades e historia – 51 Adaptando la propuesta Braudeliana sobre las escalas de tiempo, podemos operativamente reconocer tres ritmicidades básicas en estos procesos. Una pri- mera refiere al ritmo de la práctica, el que implica una cierta temporalidad en la cual se establecen las articulaciones entre lugares, materias, personas, expe- riencias y prácticas inscriptivas. Esta ritmicidad, y como hemos indicado a lo largo de este capítulo, da cuenta de la temporalidad del hacer y las experiencias, centrándose en la idea del evento desde el cual deviene una cierta tasa de mo- vimiento de la historicidad. Una segunda ritmicidad se encuentra a una escala temporal más amplia y que refiere a los ritmos de las prácticas y relaciones que se establecen y ocurren dentro de un particular momento histórico. Esta reconoce, por tanto, una cierta forma rítmica y lógica de relaciones que se reproducen en el tiempo y que dan cuenta de la territorialización de un ensamblaje particular y una comunidad a lo largo de una cierta extensión cronológica. La noción de estilo y la idea de paisaje histórico nos parece que dan cuenta de una cierta esta- bilización de un campo de relaciones y ritmicidad particular a una comunidad y momento histórico, estabilización que es acorde también a una cierta tempora- lidad. Finalmente, un tercer nivel refiere a una mirada de largo término sobre las ritmicidades de los lugares y las prácticas a lo largo de la historia, la cual genera distintas articulaciones, diferentes temporalidades y distintas tasas rítmicas del hacer, las experiencias, los lugares, así como del campo de relaciones propias a cada momento histórico. Este nivel posibilita la comparación trans-histórica e inter-cultural de lugares, prácticas e historias del hacer, entendiendo los ritmos y particularidades de los procesos históricos. Una mirada desde estos tres niveles, por tanto, se mueve desde la ritmicidad del evento hasta los ritmos de la Historia desde una mirada de largo término. La identificación de estos paisajes históricos pasa a ser una herramienta ana- lítica relevante al momento de desentrañar el movimiento de la historia, pero también de entender los ensamblajes producidos por el arte rupestre, su relación con la construcción de las comunidades y sus transformaciones temporales. Pero a su vez, entender estos paisajes históricos requiere desentrañar las genealogías de las prácticas sociales (Robb y Pauketat 2013, Pauketat and Alt 2005), las que como hemos indicado tienen una dimensión temporal, espacial, material y rít- mica a través de la cual arman sus ensamblajes relacionales. El arte rupestre, por tanto, sería un producto y productor de esta genealogía de prácticas sociales ge- nerativas que van creando la historia. Un enfoque histórico, por tanto, no centra su mirada en unos sujetos especí- ficos o elementos, sino que demanda un foco sobre las relaciones y procesos que se despliegan en un eje espacial y temporal (Robb y Pauketat 2013, Watts 2013,

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