Arte rupestre, comunidades e historia en el centro norte de Chile

50 – arte rupestre, comunidades e historia en el centro norte de chile guntarse por cuáles aspectos son históricamente específicos y cuales temporal- mente recurrentes en esta práctica material. Esta situación abre las puertas para posteriormente discutir si existen lógicas propias a ciertos tipos de organización socio-económica-política ( Jones 2017), pero también a evaluar cómo esta prácti- ca y materialidad produce distintas articulaciones sociales que son generativas de las comunidades y dinámicas políticas de las distintas comunidades (Robb 2017, DeMarrais y Robb 2013). En el centro de todas estas propuestas está el reconocer que el arte rupestre no es un epifenómeno de lo social y, por tanto, está profun- damente enlazado y enraizado con la vida socio-política de una comunidad, pero también con los procesos históricos. Reconocer esta posibilidad del cambio a través del tiempo es coherente con una conceptualización relacional de la historia. Como indican Robb y Pauketat (2013, Pauketat 2013b), la historia es un proceso continuo de construcción de re- laciones, pero también de exclusiones, que generan movimientos a largo y corto plazo que van conformando patrones, ensamblajes y paisajes históricos. En ese constante proceso temporal, los ensamblajes se forman, reproducen, transfor- man, cambian y a lo largo de ese movimiento prácticas, materias, lugares, perso- nas y seres van adquiriendo distintas posiciones a la par que las comunidades se van configurando de formas diferentes. Basándose en la idea del encantamiento de Gell, Morgan (2018), destaca la relevancia de este devenir histórico de las imá- genes al reconocer que a lo largo del tiempo sus capacidades históricas pueden cambiar, ya sea a través de desplegar capacidades de encantamiento o desencan- tamiento, lo que lleva a que generen distintos tipos de prácticas sociales y campos relacionales en su entorno. Estas particulares articulaciones y capacidades de las imágenes está en íntima relación con el modo de existencia del cual forma parte y produce, en tanto es a través del campo de relaciones que genera tal modo que las capacidades agentivas y afectivas se distribuyen. Una dimensión relevante en este contexto es la relación entre comunidades, arte rupestre y paisajes históricos. Mientras el arte rupestre se puede entender como una práctica social extendida espacialmente y que articula de cierta forma lugares dentro de un espacio, ella se relaciona también con la forma en que una comunidad se despliega por su territorio a través de su taskscape . Ambas dimen- siones son coherentes con la dimensión espacial de las comunidades y, en última instancia, generan un paisaje histórico específico, definido como un campo de relaciones espaciales particulares que deja huella arqueológica. Las temporali- dades de estos paisajes, así como las intensidades diferenciales de prácticas que pueden tener en su interior son propios de los distintos ritmos que en ellos se articulan (Lefebvre 2013).

RkJQdWJsaXNoZXIy Mzc3MTg=