Arte rupestre, comunidades e historia en el centro norte de Chile
Arte rupestre, comunidades e historia – 47 espacio va generando y reproduciendo un conjunto de asociaciones de prácticas, materias, objetos y lugares que construyen el ensamblaje de una comunidad y le entregan una estabilidad y proyección histórica, en una constante articulación entre procesos de territorialización y desterritorialización de las mismas comu- nidades (De Landa 2006). Sin embargo, estas relaciones históricamente situadas no son un ensamblaje pasivo que se despliega a través del tiempo, sino que, por el contrario, se van construyendo continuamente a partir de la reproducción o transformación de tales entramados (Pauketat 2013). Producto de la conjunción de ambas tendencias a lo largo del tiempo, es que las comunidades están siempre en un proceso de devenir constante (Pauketat 2007). La constitución de estas comunidades no es un proceso homogéneo y no descansa únicamente en las particularidades de los grupos humanos, sino tam- bién en relación con las trayectorias históricas, dinámicas socio-políticas y pro- cesos de complejidad de las comunidades. Dos aspectos son centrales al respecto: niveles de integración social ( Johnson y Earle 2010, Falabella y Sanhueza 2005- 2006) y procesos de diferenciación social ( Johnson y Earle 2010). Diferentes autores han propuesto que las transformaciones desde comunidades cazadoras a sociedades de rango medio y estatales pasan por procesos de segmentación e integración social a diferentes escalas de las comunidades ( Johson y Earle 2010, Pauketat 2010, 2013). Mientras en el caso de los cazadores recolectores se esperan comunidades extensas espacialmente con bajos niveles de integración social en unidades mayores, los que ocurrirían en sitios de agregación social que unen a diferentes bandas (Conkey 1980, Guraieb 2001, Mc Donald y Veth 2012); socie- dades de rango medio como los grupos corporados muestran variados niveles de integración, los que se mueven desde la comunidad local-espacial a la comunidad política-regional, actuando la última como un recurso homogeneizador dentro de la variabilidad que se da en las comunidades espaciales ( Johson y Earle 2010, Blanton et al. 1996). Estos últimos muestran sitios de agregación social a distin- tas escalas en coherencia con lo anterior ( Johson y Earle 2010). Esta situación se replica a un nivel más amplio con los Estados, los que generan niveles de inte- gración social diferencial espacialmente y en términos de escalas ( Johson y Earle 2010, Blanton et al. 1996, Pauketat 2000, 2007) Por su parte, como bien indica Pauketat (2000, 2001, 2007, 2013), los pro- cesos de construcción de las comunidades definen el ethos sobre el cual estas se constituyen, especialmente a partir de las prácticas y la puesta en acción de la ma- terialidad en el espacio. En esa misma línea, Chapman (2009) ha sugerido que la construcción de imaginarios y narrativas actúa como un recurso generador de diferencias entre los grupos sociales. En particular, a través de las estrategias de
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