Arte rupestre, comunidades e historia en el centro norte de Chile
44 – arte rupestre, comunidades e historia en el centro norte de chile Arte Rupestre y Comunidades Para entender cómo la producción y experienciación del arte rupestre se relacio- na con la constitución de las comunidades, se hace necesario definir qué enten- demos por comunidades y qué articulaciones son posibles de establecer entre su constitución y la práctica social del arte rupestre. Comenzamos indicando que una arqueología que centra su unidad de análisis en la constitución y re- producción socio-histórica de las comunidades ha mostrado su rentabilidad en una amplia gama de casos de estudio (p.e. Harris 2013, Mac Sweeney 2009, 2011; Pauketat 2000, 2001, 2007; Snead 2008, Stewart y Strathern 2003, Varien y Pot- ter 2008, Yaeger y Canuto 2000, Yaeger 2000). Esta rentabilidad descansa en que las comunidades son colectivos y unidades sociales que se definen a partir de una noción de pertenencia a un espacio geográfico, al despliegue de un conjunto de prácticas sociales particulares y la diferenciación con otros grupos socio-espa- ciales (Mac Sweeney 2011, Yaeger y Canuto 2000). Estos aspectos implican, por una parte, que toda comunidad tiene una dimensión temporal, espacial, perfor- mativa y material. Por otra, que ellas superan una definición basada solamente en el parentesco o las dinámicas de aprendizaje que pueden desarrollarse al interior de un grupo social. Es por lo anterior que entendemos a las comunidades como agregados so- ciales relacionales que se producen, reproducen y transforman en su devenir his- tórico a través de un conjunto de estrategias, narrativas, prácticas, experiencias y ritmos particulares que establecen relaciones entre personas, seres, materias y lugares a través del tiempo (Varien y Potter 2008, Pauketat 2001, 2007, Harris 2013, 2014). De esta manera, las comunidades crean una especificidad histórica de relaciones (Watts 2013) que define imaginarios, formas de habitar particulares que generan un sentido de unidad y pertenencia y modos de existencia particula- res (Mac Sweeney 2009, 2011, Yaeger y Canuto 2000, Yaeger 2000). Es por ello que las comunidades están en un constante devenir y co-producción a través de la performatividad de las prácticas sociales, sus experiencias y lugares de habitar. Las comunidades presentan dos características que nos parecen relevantes. Por una parte, ellas no están conformadas únicamente por humanos, sino tam- bién por una serie de otros actores sociales que son activos a la constitución de este grupo. Harris (2013, 2014), ha acuñado el concepto de comunidades exten- didas en tanto múltiples casos en distintas partes del globo muestran cómo una serie de otros no humanos son miembros activos, e inclusive políticos, dentro de estos conjuntos (ver también Descola 2012, Viveiros de Castro 2010, De la Cadena 2015, Van Kessel 1989).
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