Arte rupestre, comunidades e historia en el centro norte de Chile

Arte rupestre, comunidades e historia – 43 a nivel de la manufactura de cada diseño. Su ejecución implica articular un con- junto de conocimientos, experticias, experiencias y prácticas sobre una roca por medio de la manufactura. Los atributos materiales de los diseños no sólo nos per- miten acceder a conocer los instrumentos que lo manufacturaron (Sierts 1968; Bard and Busby 1974; Bednarik 1998, Whittaker et al. 2000; Álvarez et al. 2001; Méndez 2008; Blanco y Lynch 2011,), sino también las habilidades, intensida- des y ritmos de prácticas puestas en juego en su ejecución (Vergara et al. 2016, Whittaker et al. 2000, Vergara 2019). Aspectos como los tamaños de los diseños, la terminación de los surcos e, inclusive su direccionalidad, dan cuenta de los ges- tos utilizados y permiten comparar/evaluar la inversión de energía y tiempo que se despliega dentro de su manufactura (Vergara 2019, 2013, Vergara y Troncoso 2015, Vergara et al. 2016). La integración de los elementos anteriores, sumados a aspectos como la cantidad de bloques marcados y diseños producidos en cada sitio, da cuenta también de los ritmos e intensidad de las prácticas ahí acaecidas, así como de la recursividad de la acción social y experiencialidad en tal espacio. La performatividad de la dinámica tecnológica ha sido reconocida como un aspecto relevante para su comprensión (Fiore 2020). Spielmann (1998), ha mostrado como en contextos de producción ritual, aspectos como la habilidad y experticia productiva pasan a ser prácticas performativas que incluso pueden estar restringidas a ciertos sujetos. Costin (2001), desde otro enfoque, coincide en recalcar que aspectos como performatividad, intensidad, experticia y habili- dades son constituyentes de las dinámicas productivas de los sistemas artesanales prehistóricos. El proceso de hacer arte rupestre, por tanto, se erige como una actividad práctica que construye y reproduce una red de relaciones, experiencias, conoci- mientos y habilidades que se despliegan a lo largo del tejido social y del campo de articulaciones desde el que esta práctica se posiciona. Cada acto de demarcación de una roca puede ser pensado como una práctica que ensambla un espacio, el arte rupestre y todo un campo de relaciones históricas. Esta práctica da nueva forma a algo que estaba ahí (una roca), por medio de su intervención (una ima- gen marcada en la piedra), lo que genera un lazo en las líneas de desplazamiento histórico de rocas, espacios y comunidades. Este conjunto de relaciones y arti- culaciones promovidas desde la producción y experienciación de arte rupestre, por tanto, produce una entidad que es mayor a la sumatoria de las partes y que posibilita entender a esta materialidad como un ensamblaje (Hamilakis 2017).

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