Arte rupestre, comunidades e historia en el centro norte de Chile
Arte rupestre, comunidades e historia – 41 reconstruir las experiencias pasadas de lo/as caminantes, o bien en entender esta espacialidad como el despliegue de un texto que puede ser leído decodificando sus significados por medio de su organización espacial interna. La organización interna de los sitios de arte rupestre es más que eso, ella es una construcción (Lenssen-Erz 2004, Troncoso 2007, 2008). Ella genera una arquitectura imaginaria que, aunque no posee muros, ni pasadizos, presenta es- pacios con rocas marcadas, espacios sin rocas marcadas, campos visuales, requeri- mientos de posturas corporales y líneas de fuerza que construyen un movimien- to en su interior y una experiencia del arte rupestre (Troncoso 2008). Dicho en otras palabras, un sitio de arte rupestre es el resultado de cierta ritmicidad de prácticas, pero también impone ritmos sobre el cuerpo humano a partir de la temporalidad del marcado y del movimiento de los cuerpos (Vergara 2019). Los conjuntos rupestres, por tanto, no son entidades estáticas, sino que están en un constante proceso de desarrollo a partir de la ritmicidad de los movimientos de los cuerpos en su interior y la temporalidad de las experiencias ahí vividas, así como de la ritmicidad de las prácticas inscriptivas. Estas características, por tan- to, devienen en ritmos e historias particulares de la vida y crecimiento de los si- tios rupestres. En consonancia con lo anterior, cada sitio es el resultado y genera- dor de una particular e histórica correspondencia entre movimientos corporales, ritmos, rocas, imágenes, materias y lugares (Vergara 2019), pudiendo entenderse estos sitios como ensamblajes de baja escala. Finalmente, así como las relaciones espaciales del arte rupestre tienen una naturaleza multiescalar, ellas también pueden implicar relaciones multitempora- les. En efecto, la recurrencia y dinámica espacial de las ocupaciones humanas en un territorio a través del tiempo generan una serie de huellas materiales de dife- rentes momentos que pueden ser articuladas a través de las relaciones espaciales que despliegan las comunidades en su habitar y, en particular, a través del arte rupestre. Esto implica que la generación de los campos relacionales dentro de un paisaje puede imbricar lugares, espacios y elementos materiales de diferentes tiempos, generando una dinámica de multitemporalidad (p.e. Witmore 2007, Olivier 2011, Crellin 2020). Esta situación es altamente relevante, en tanto toda producción rupestre establece una articulación con estas dinámicas multitempo- rales a partir de cómo se despliegan sus cadenas operativas, así como de los luga- res y rocas que se marcan. Estas dinámicas temporales, a lo menos, pueden seguir dos caminos. Por un lado, la producción de articulaciones multitemporales entre elementos del ayer y del presente. Por otro, la ausencia de articulaciones entre di- ferentes momentos del tiempo a través de la práctica de hacer y experienciar arte rupestre (Gheco 2020, Quesada et al. 2016). Ambas posibilidades despliegan
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