Arte rupestre, comunidades e historia en el centro norte de Chile
40 – arte rupestre, comunidades e historia en el centro norte de chile de las imágenes (Fiore 1996, 2007). Central para estas cadenas es el movimiento y el paisaje regional. En el caso de los instrumentos y el material pigmentario, su adquisición implica la articulación de los lugares rupestres con, al menos, los espacios de aprovisionamientos de materias primas necesarias para la manufac- tura de instrumentos y diseños, así como el desplazamiento hacia los espacios involucrados en la producción de instrumentos e imágenes. Las imágenes, por su parte, se espacializan tanto entre los sitios como entre los contextos espaciales y fenoménicos donde ellos aparecen, así como en los diferentes tipos de soportes en que se plasman. Las mismas articulaciones visuales entre diferentes sitios pue- den ser vistas como dinámicas relacionales espaciales que establecen una ecolo- gía de imágenes (Brady y Bradley 2014). De esta manera, la cadena operativa es más bien el despliegue de un proceso de involucramiento a través del cual se dan una serie de relaciones espaciales, rítmicas, temporales, materiales y prácticas a partir del acto de hacer. La cadena operativa y sus ritmos generan historicidad y temporalidad de prácticas, así como de lugares. Es por ello por lo que: “el proceso de hacer no es tanto una reunión como una procesión, no es un acto de construcción desde partes discretas en una totalidad organizada como un ir llevando, un tránsito a lo largo de un camino en el cual cada paso nace del anterior y lleva al siguien- te, un itinerario que siempre excede sus destinos” 8 (Ingold 2013: 45, traducción nuestra). En otras palabras, el proceso de hacer es una procesión que une cosas fundada en la noción de correspondencia, donde a través del hacer se despliega un involucramiento con el mundo generando un modo particular de existencia históricamente situado y contingente. Por otro lado, las relaciones espaciales que despliega el arte rupestre son mul- tiescalares y, por ello, no pueden reducirse a una simple relación sitio-entorno. La disposición de las rocas marcadas y de los diseños al interior de los sitios y pa- neles rupestres puede ser evaluada en términos espaciales (Leroi Gouhran 1984, Santos 2008, Criado 2010, Tilley 1991), aunque ello ha sido poco explorado. Los sitios de arte rupestre corresponden a un conjunto de rocas marcadas y no mar- cadas, por lo que una práctica esencial para su aprehensión y despliegue de expe- riencias es el movimiento de los cuerpos al interior de estos espacios. Esta noción ha sido reconocida en algunas investigaciones (Tilley 1991, Santos 1998, 2008, Lenssen-Erz 2004, Nash et al. 2004), pero ellas se han centrado en reconocer la necesidad del movimiento para cubrir los espacios representacionales e intentar 8 “The process of making is not so much an assembly as a procession, not a building up from discrete parts into a hierarchically organised totality but a carrying on- a passage along a path in which every step grows from the one before and into the one following, on an itinerary that always overshoots its destinations” (Ingold 2013: 45).
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