Arte rupestre, comunidades e historia en el centro norte de Chile

Arte rupestre, comunidades e historia – 39 El movimiento es la base para articular el arte rupestre con una serie de prácticas, objetos y lugares que se despliegan en un momento específico. El arte rupestre es una materialidad inmueble, por lo que al menos parte de su proceso de producción y experienciación se establece en un mismo lugar, a diferencia de otros objetos (Byrne 2013). Por ello, estos espacios de producción y experiencia- ción de arte rupestre establecen una relación dialógica y dialéctica con los lugares en que se emplazan (p.e. Nash 2000, Santos 1998, 2008; Tilley 1997, 2008). Pero estos lugares también establecen relaciones con el conjunto de otras prácticas, materias, personas y seres que pueden haberse desarrollado ahí y que constituyen los contextos fenoménicos asociados a su producción y consumo. Estas articu- laciones de múltiples personas, seres, objetos y materias conforman una atmós- fera que produce y reproduce sensorialidades y fenomenologías particulares a la producción y experienciación del arte rupestre (Sorensen 2015, Hamilakis 2015, 2017), las cuales son relevantes para su comprensión y se relacionan con las capa- cidades agentivas y afectivas de esta práctica y materialidad. Estas articulaciones se despliegan a una escala más amplia, en tanto el po- sicionamiento espacial del arte rupestre también intersecta esta práctica con el conjunto de otras actividades que una comunidad desarrolla en una región particular, formando un taskscape o paisaje de tarea particular (Ingold 1993) en que unas actividades, contextos y experiencias se enhebran en un mismo espacio, mientras otras tantas se segregan. De hecho, estos paisajes de tarea son produc- to y productores de ritmos particulares a través de los cuales se intersectan los distintos actantes que los componen, o como indica Vergara (2019: 276, traduc- ción nuestra), “los ritmos de una particular tarea resuenan con los ritmos de otros participantes” . 7 Es así como ellos presentan su propio ritmo dentro del cual la producción y experienciación de arte rupestre es una de las tantas ritmicidades presentes, generando con ello una temporalidad e historicidad particular al es- pacio y sus lugares. Esta integración del arte rupestre con las dinámicas regionales de una comu- nidad es posible observarla también desde su secuencia productiva. La cadena operativa del arte rupestre ha sido mayormente pensada como una secuencia técnica, pero, como vimos, ella es también el despliegue de un campo de rela- ciones espaciales. Como indica Fiore (1996), esta cadena operativa implica la conjunción de dos secuencias operativas diferentes, pero integradas: la cadena de los instrumentos, materiales pigmentarios en caso de las pinturas rupestres y 7 “The rythms of a particular task resonate with the rythms of other participants” (Vergara 2019: 276).

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