Arte rupestre, comunidades e historia en el centro norte de Chile

216 – arte rupestre, comunidades e historia en el centro norte de chile Concordando con Harris (2020, ver también Ingold 2013, Armstrong et al. 2018, Jones y Cochrane 2018), talvez el recurso principal que queda de todo este recorrido es la necesidad de desesencializar el arte rupestre, reificar la necesidad de exceder el objeto y la centralidad que tiene el estudio, descripción y com- prensión de las relaciones como recurso heurístico y metodológico para la in- vestigación a partir de un principio de ontología plana (De Landa 2016), el cual no asume, ni funda su acercamiento a partir de privilegiar a priori un aspecto por sobre otro, o desplegar una lógica antropocéntrica fundada en la separación cultura-naturaleza. A través de seguir los objetos extendidos, sus trayectorias ma- teriales y las genealogías de prácticas que se despliegan a través de éstas, es posible ir diagramando estas trayectorias de relaciones que van conformando la historia y distribuyendo agencias y afecciones (Robb 2010, Robb y Pauketat 2013). Des- plegar esta ontología plana no implica la ausencia de un apartado metodológico organizado y estructurado a partir de definir un conjunto de parámetros y atri- butos a explorar, sino más bien conlleva la necesidad de una interrogación que se abre a la posibilidad de la desestabilización de nuestros principios ontológicos de alguna manera, a la posibilidad de generar interpretaciones que exceden los principios básicos de la constitución moderna (sensu Latour 2013), no obstante que sabemos que siempre nuestras interpretaciones están permeadas de una u otra forma por nuestras propias experiencias y dinámicas históricas. Una mirada de este tipo, con todas sus limitaciones, nos parece relevante no sólo como otra forma de interrogar el registro arqueológico y aportar con la pluralidad de miradas en la disciplina, sino también porque nos abre la posi- bilidad de repensar la historia fuera de nociones profundamente arraigadas en nuestro mundo: la primacía de lo tecno-económico, así como el carácter lineal del tiempo y los procesos, principio sobre el cual subyace de manera oculta la no- ción de progreso y evolución social. Un acercamiento centrado en comprender estos campos de relaciones y sus transformaciones históricas es una mirada que recupera la historicidad de la vida social y su habitar, el carácter multitemporal de procesos, seres, lugares y materias, así como la particular ritmicidad de estos habitares humanos como no humanos. En efecto, como indica Crellin (2020), una mirada centrada en los campos de relaciones – o ensamblajes- reconoce el carácter emergente y diferencial del tiempo a través de las distintas ritmicidades y articulaciones que se generan en estas relaciones (ver también Ingold 1993). Re- conocer esta multitemporalidad nos permite escapar de la linealidad en la com- prensión de los lugares, prácticas, materias y procesos, linealidad que ha sido un principio fundante del saber arqueológico y fundamenta la noción de progreso y evolución social (Thomas 2004). A la vez, nos permite explorar con más fuerza

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