Arte rupestre, comunidades e historia en el centro norte de Chile

214 – arte rupestre, comunidades e historia en el centro norte de chile Un elemento importante dentro de esta propuesta es la idea que estos cam- bios ontológicos son desarrollados y apropiados por las comunidades a partir de sus historias locales. Esto llevó a que a partir de un conjunto de evidencias ma- teriales propusiéramos una separación genérica entre las cuencas Elqui-Limarí y Combarbalá-Choapa (Troncoso y Pavlovic 2013). En el caso del arte rupestre, sin embargo, esta esta separación no sería tan explícita. Mientras para el caso de las pinturas ella parece replicarse, en tiempos diaguita ella no se observa tan cla- ramente primando más bien una heterogeneidad por cuenca. Futuros estudios sobre los distintos registros materiales deberán seguir avanzando y evaluando en delinear la heterogeneidad de las comunidades e historias de la región, labor que está siendo ya avanzada por algunos nuevos estudios que vienen a complejizar el modelo que planteamos inicialmente y muestran nuevos ejes de heterogeneidad, destacando el ya mencionado eje cuenca inferior-cuenca superior (Pérez 2015, Troncoso et al. 2016, González 2018, Pino et al. 2018). Un apunte sobre el arte rupestre de la época post-contacto Por sobre los cambios observados en las formas del hacer arte rupestre en tiem- pos prehispánicos, lo cierto es que una vez que se realizó la primera pintura hace 4.000 años atrás, esta práctica no se ha detenido en el centro norte de Chile. Llegado el Imperio Español a este territorio, las comunidades nativas continua- ron marcando piedras según sus lógicas relacionales. Mientras en el caso de los grupos cazadores-recolectores pintaron escenas de monta en un espacio ances- tral, los grupos diaguita grabaron cuadrúpedos, personas, cruces y calvarios en rocas ubicadas en lugares que habían sido marcadas por sus ancestros (Troncoso et al. 2018, ver también Arenas 2011). Ambas comunidades intentaron a través de estas acciones mantener su relación con el pasado, su tradición y memoria. Esta perpetuación se ajustó en cierta medida a los ritmos de las prácticas pre- vias. Decimos en cierta medida porque el nuevo contexto social no promovía las prácticas rituales locales, sino por el contrario las evitaba y atacaba. Sin embargo, la cantidad de arte rupestre colonial diaguita es bastante mayor que las pinturas rupestres coloniales de los grupos cazadores-recolectores. Esta diferencia de in- tensidad es muestra de cómo esos ritmos diferenciales, que desplegaban ambas prácticas en tiempos previos, se mantienen durante la época colonial, siendo un elemento fundante de la lógica de tales prácticas. La instauración de la República y el estado chileno tampoco puso fin a esta actividad tradicional de marcado, la que se replicó a través de intervenciones co- nocidas como marcas de ganado y asociados al movimiento de arrieros entre esta

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