Arte rupestre, comunidades e historia en el centro norte de Chile

Arte rupestre, comunidades e historia en el centro norte de chile – 209 miradas no enfocadas en un objeto, sino en los campos de relaciones, sus transfor- maciones, continuidades y quiebres a lo largo del flujo del tiempo. De hecho, a lo largo de este capítulo y del libro hemos visto cómo estas capa- cidades afectivas de las cosas y materias se van desplazando a lo largo del tiempo y ese desplazamiento no remite exclusivamente a un tema semántico, sino de lógi- cas de prácticas y dinámicas socio-políticas. Sin duda esas dinámicas de encanta- miento/desencantamiento, o de tasas diferenciales de afectividades se relacionan directamente con las capacidades generativas de las materias y las lógicas de las prácticas, por lo que deberían ser una vía promisoria de interrogación arqueoló- gica en pos de historizar los distintos ensamblajes que se han conformado a lo largo del tiempo en una región, pero también para discutir el valor y afectividad diferencial de los otros no humanos en este proceso. Paisajes históricos, ensamblajes y la historia del norte semiárido prehispánico La producción de arte rupestre a lo largo de cuatro milenios en la región confor- mó diferentes paisajes de tareas desplegados en campos relacionales diferentes. Si miramos estos distintos paisajes desde una perspectiva de largo término, y al igual como sucede con las lógicas que definieron las prácticas inscriptivas rupes- tres, es posible diferenciar entre dos grandes paisajes históricos divergentes. Por una parte, el paisaje de los grupos cazadores-recolectores que efectuaron pinturas y por otra, el paisaje de los grupos Diaguita. Ambos conjuntos son resultantes de prácticas y relacionalidades espaciales completamente diferentes y ello queda bien claro con las segregaciones que se dan entre el emplazamiento de un tipo de arte rupestre y otro. Entre ambos conjuntos se encuentra el paisaje desplegado por los petroglifos de surco profundo, el que es nuevamente un elemento tran- sicional, por cuanto, por un lado, replica aspectos de la espacialidad de las pin- turas, pero por otro, su cadena operativa asociada con la espacialidad del hacer y adquisición de materias primas se asemeja al del mundo diaguita. Finalmente, el paisaje diaguita inkaico es la continuación de la lógica diaguita aunque inser- tando la noción de jerarquía y diferenciación entre lo local y lo foráneo, pero en términos grueso, replica el del arte rupestre diaguita. En complementariedad con lo anterior, si usamos una mirada de mediano término encontramos que cada conjunto rupestre generó su paisaje particular a partir del despliegue de una tradición particular de habitar y las formas de inscribir las rocas. Estas dos escalas analíticas para abordar la historicidad de los paisajes arti- culan de forma diferencial con las lógicas sociales del arte rupestre. En el caso de

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