Arte rupestre, comunidades e historia en el centro norte de Chile
Arte rupestre, comunidades e historia en el centro norte de chile – 207 de artefacto extendido (Robb 2004) y, por ende, de utilidad para evitar reducir lo rupestre simplemente a su visualidad. Al menos en este caso, queda bastante claro que no obstante compartir la idea de cabezas, aquellas grabadas en surco profundo y surco superficial remiten a asociaciones completamente diferentes que se relacionan con sus significados así como capacidades afectivas y agentivas en sus contextos socio-históricos. Tercero, el papel de los no humanos en la producción de las comunidades. A partir de los casos estudiado nos parece que es bastante claro cómo desde el largo término se observa claramente cómo una serie otros no humanos se articulan y desarticulan de las dinámicas de la vida socio-política y de la conformación de los grupos a lo largo del tiempo. Esta situación permite entender la historicidad no sólo de las materias, sino también del devenir de los no humanos y sus comu- nidades relacionales. Es así como mientras para las primeras comunidades pro- ductoras de arte rupestre los pigmentos pasan a ser agentes centrales de la vida social y, por ende, posiblemente miembros también de sus comunidades con un claro potencial político al intervenir sobre distintos ámbitos de la vida social; entre los grupos de surco profundo los ancestros y tocados toman una centra- lidad importante y en ella, la roca como materia privilegiada tiene algún papel que jugar. En ambos casos el agua jugaría un papel central en las articulaciones que despliega el arte rupestre. Para el caso diaguita el conjunto de otros no hu- manos presentes seguramente es amplio y fundado en la noción de la dualidad, actores sociales que no son claramente identificables en el registro arqueológico, pero que a través de entender esos campos de relaciones permiten comprender cómo nos enfrentamos ante una comunidad relacional que difiere notablemente con la de los grupos cazadores-recolectores que pintaban. Esta misma relaciona- lidad se amplía claramente con la aparición del Tawantinsuyu, donde la noción de comunidad va en directa relación con la idea de jerarquía y diferencia entre lo local y lo inkaico, a la par que aparecen otros no humanos dentro del escenario socio-político. Esta heterogeneidad histórica, sumado al devenir que hemos dado al arte rupestre, da cuenta de la necesidad de la historización de materias, prácticas y visualidades que suelen muchas veces homologarse a través de procesos de cate- gorización actuales que usamos en arqueología. Ello también abre las puertas a pensar los cambios históricos a partir de la aparición / desaparición de nuevo/ as actores sociales, independientemente de si son humanos o no; así como del cambio en las capacidades de encantamiento y desencantamiento de las cosas, fenómenos y materias a través del tiempo (Morris 2018). En otras palabras, esta dinámica histórica nos pone el desafío de abrir una discusión que exceda a un
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