Arte rupestre, comunidades e historia en el centro norte de Chile

206 – arte rupestre, comunidades e historia en el centro norte de chile nes. En el caso de los petroglifos de surco profundo se organizan según un eje ancestros-personas articulados a través de tocados, en el mundo diaguita se des- plaza a personas indiferenciadas y líderes-cabezas. Finalmente, con la llegada inka se transforma nuevamente a líderes-heterogeneidad de cuerpos-personas e inclusive corporalidades foráneas. Detrás de todo ese proceso, a nuestro enten- der, subyace un cambio que poco entendemos de momento y por el cual la defi- nición de qué es una persona y cómo se conforman sus cuerpos y subjetividades varía. Esta variación no debería extrañar, en tanto como sugieren varios autores, es posible pensar algún tipo de relación entre subjetividades, nociones de perso- na y dinámicas socio-políticas de las comunidades (p.e. Hernando 2002). Poco hemos explorado en este trabajo la heterogeneidad de los cuerpos entre las distintas comunidades a lo largo del tiempo. En principio, todo sugiere que no se observa una gran variabilidad espacial con excepción de la intensidad de su presencia en el arte rupestre, sugiriendo que los discursos e imaginarios sobre cuerpos y personas son más recurrentes en las prácticas espaciales y experiencias rupestres de estas comunidades en la cuenca de Combarbalá que otros espacios. Sin embargo, para época inka no sólo parece observarse una transformación a nivel general en la región, sino que también aparece una variabilidad de cuerpos entre las distintas cuencas. Esto sugeriría un importante proceso de heteroge- neización de los cuerpos y un paisaje de sujetos ampliamente diverso en la zona, aunque basados en principios generales comunes. Nuevamente, pensamos que esa heterogeneidad va a ser resultado de cómo las distintas comunidades reaccio- naron y articularon con lo inkaico a partir de sus historias locales. Un segundo punto que nos parece relevante en esta discusión es la prepon- derancia que adquieren las cabezas rupestres dentro de las dinámicas sociopo- líticas de la región. Su continuidad productiva por alrededor de 1.000 años da cuenta de esta situación, así como las continuidades que se observan no obstante los distintos contextos históricos en las que ellas se producen. La presencia de cabezas en pinturas rupestres muestra también cómo esa relevancia permeó de una u otra forma a los grupos cazadores-recolectores (Figura 7.1, p. 260), los que siguiendo los principios que definen el ensamble de sus pinturas rupestres, las incorporaron a su repertorio post 500 d.C. Las mismas diferencias que permean el emplazamiento y relaciones que establecen las cabezas con su entorno nos pa- rece algo destacable, por cuanto hace necesario segregar operativamente lo que son las continuidades visuales con las continuidades en las relaciones que esta- blece una imagen, subyaciendo ahí la razón de la relevancia de entender al arte rupestre como una práctica social. Esta segregación operacional entre imagen y relaciones nos parece altamente relevante, en tanto debería ser propia a la noción

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