Arte rupestre, comunidades e historia en el centro norte de Chile
Rocas, lugares e imágenes bajo el estado inkaico – 175 vinidades y ritualidades locales a la inkaica (p.e. Rostworowski 1988, Pease 1992, Szeminski y Ziólkowski 2018). La continuación en la práctica de manufacturar grabados, articular las co- munidades en estos espacios centrales y reactivar su noción como centro, por tanto, es permitida por el Tawantinsuyu, pero ubicada en un segundo plano del paisaje y de las prácticas ceremoniales de la región. No obstante la importancia que ellas tengan para las comunidades locales, el Estado establece sus relaciones con los locales y construye los lazos políticos desde sus propios espacios ceremo- niales que adquieren prioridad en el paisaje implementado por el Tawantinsuyu. Se ha reconocido para otros espacios que el estado en ocasiones se apropia de los lugares sagrados o ceremoniales de los grupos locales y los inkaiza por medio de su arquitectura, a la vez que reorganiza su estructura interna para ubicar a los recintos o emblemas inkaicos en posiciones centrales (p.e. Gallardo et al. 1995, Acuto et al. 2012, Ferrari et al. 2017). Siguiendo tal lógica sería esperable que sea el mismo estado el que intervenga los sitios de arte rupestre. La evidencia con la que contamos sugiere lo contrario: que son las mismas poblaciones locales las que extienden esta tradición hacia época inkaica. La ubicación en un plano secundario dentro del paisaje instalado por el Estado ya es una práctica que de una u otra manera interviene estos lugares y los supedita a la ceremonialidad de las instalaciones inkaicas. Sin embargo, la misma configuración de la ritualidad local hace compleja su apropiación por el Inka. Si bien los sitios rupestres los hemos entendido como plazas, ellos están más bien construidos para ser recorri- dos por pocas personas, sin que se generan grandes superficies donde sea posible reunir multitudes y desarrollar extensas performances públicas. Por el contrario, su rol de espacios públicos descansa en la animación de las rocas, sus visualidades y la replicación de múltiples prácticas similares a lo largo del tiempo y que permi- ten articular a los distintos miembros de una comunidad con escasa interacción cara a cara. Esta dinámica de reproducción social no es coherente con las festi- vidades inkaicas que se fundan más bien en la agregación de sujetos dentro de espacios públicos en los que no sólo se desarrollan actividades comensales, sino que también se implementan una serie de juegos de espacios y performativos que construyen y reproducen las diferencias entre los sujetos asociados al Estado y las comunidades locales. La misma lógica más abierta de las prácticas rupestres que permite que múltiples manos elaboren grabados no es idónea para las estrategias político-perfomativas inkas, la que busca promover y diferenciar a lo/as sujetos a partir de las performatividades de las prácticas de agregación social. Es por esto que por sobre una reorganización de los espacios rupestres, estos se invisibilizan dentro del paisaje promovido por el Estado y se construyen nuevos puntos de
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