Arte rupestre, comunidades e historia en el centro norte de Chile
La emergencia de un nuevo paisaje histórico – 153 que desplegaron a lo largo del territorio, prácticas funerarias que irían acompa- ñadas de una serie de otras actividades más propias al comensalismo político y que se articularían en esta nueva ritmicidad temporal. En la conformación de esta nueva comunidad y paisaje histórico, los diagui- ta establecen pocas relaciones con los espacios ocupados previamente. Esto se reconoce claramente en el arte rupestre, donde como ya vimos, hay una escasa reocupación de bloques y sitios intervenidos previamente. Una excepción a esta situación es Valle El Encanto en la cuenca del Limarí, espacio que fue marcado recurrentemente a lo largo de la historia de la región. Esta continuación de ocu- pación rupestre da cuenta del papel central que tuvo este espacio dentro de la dinámica histórica de las comunidades de la cuenca del Limarí. En qué medida esta centralidad es producto de que en sus primeros momentos se constituyó en un espacio de agregación social para las comunidades cazadoras-recolectoras, es un tema que debe ser explorado a futuro. Independientemente de lo anterior, lo relevante es que no obstante su larga ocupación en el tiempo, las distintas ocu- paciones de tal lugar se basaron en los principios que estructuraban la práctica rupestre en cada momento, generando en un mismo espacio distintos tipos de relaciones espaciales, prácticas y experienciales. Esta particularidad se reconoce también en que mientras las pinturas y grabados de surco profundo se relacionan mayormente con la formación rocosa central del valle donde aparece y desapare- ce el agua, los petroglifos diaguita, por el contrario, se expanden a lo largo de la quebrada siguiendo la lógica de ordenación y movilidad propia a estos petrogli- fos. Las cabezas diaguita replican este patrón y se ubican en los lugares de cambio de visibilidad y movimiento, en vez de la formación rocosa central, conforman- do con ello una arquitectura y lógica espacial diferente (ver Troncoso 2019). En otras palabras, a pesar de usar un mismo espacio, las comunidades diaguita gene- raron en Valle El Encanto un nuevo paisaje histórico fundado en principios de relacionalidad práctico-espacial diferente al de tiempos previos. Como en los casos anteriores, estas comunidades diaguita articularon mul- tiescalarmente en el territorio, sugiriendo sistemas de integración regional de mayor escala que los casos conocidos previamente. Dentro de esta articulación, el arte rupestre apela a un corporativismo generalizado a partir de la homoge- neidad de los motivos antropomorfos, pero donde se destaca la relevancia de lo/ as líderes como ejes centrales para la reproducción del grupo social. A través de ello, este arte rupestre construye una nueva narrativa sobre personas y cuerpos en comparación a tiempos previos, narrativa donde los tocados se desplazan en su relevancia y las cabezas mantienen su importancia, pero no en relación con el agua, con los antepasados, sino en articulación con su capacidad de mediación.
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