Arte rupestre, comunidades e historia en el centro norte de Chile

126 – arte rupestre, comunidades e historia en el centro norte de chile En cuarto lugar, este proceso de revisita y remarcado de los mismos sitios mantiene un patrón organizado de producción del arte rupestre en el que las superposiciones son escasas, por lo que toda nueva práctica de marcado respeta las representaciones previamente existentes en las rocas (menos de 1% del total de la muestra estudiada). A su vez, la distribución de las rocas grabadas remite al mencionado patrón de ordenación lineal y orientación hacia el valle, implicando que la producción y observación de arte rupestre sigue una norma práctica aso- ciada a una idea de movilidad. Los bloques se marcan y están marcados para ser vistos dentro de un movimiento específico de los sujetos y en una misma direc- ción. Quién no siga esta dirección, o bien se mueva desde los cerros hacia el valle al momento de cruzar los sitios de petroglifos, no los enfrentará. Esta situación se replica en todos los sitios que presentan sobre cinco bloques grabados y es más patente en los grandes conjuntos. Todo lo anterior indica que la manufactura de arte rupestre remite a una práctica altamente ritualizada en términos visuales y espaciales. Ella sería una ac- tividad compartida en un espacio que se constituye como público debido a que, al estar segregado desde las áreas productivas o residenciales, podría ser accedido por lo/as diferentes miembros de la comunidad. El reconocimiento de diferentes manos manufacturadoras de petroglifos indica que distinto/as sujetos se despla- zan e intervienen en tales espacios. Al estar los sitios en constante proceso de creación y producción, cada des- plazamiento a través de ellos, así como cada nuevo acto de marcado de una roca establece una serie de relaciones con las prácticas y discursos previos ahí graba- dos. La reiteración de los conjuntos visuales y la estructura espacial indica que tales relaciones se activan en cada visita y son reproducidas a lo largo del tiem- po, respetando los accionares previos y ajustándose a los parámetros espaciales, visuales y técnicos que se despliegan en cada lugar. Cada práctica de marcado y movimiento, por tanto, se constituye como una práctica de afiliación (Mac Sweeney 2011), que reconstruye los lazos que conforman a la comunidad y sus imaginarios en estos espacios públicos. Las rocas marcadas pasan a ser importan- tes entidades agentivas en la conformación de estas comunidades, permitiendo la circulación y flujos de imaginarios y narrativas entre los diferentes miembros, así como una comunidad de práctica entre sujetos con escasa interacción cara a cara. Como bien indican Murray and Mills (2013), la producción de las comunidades y sus sentidos de pertenencia se construyen a partir de compartir un conjunto de prácticas materiales que las integra con el mundo material y conforma al grupo social. Crear arte rupestre siguiendo los lineamientos prácticos antes descritos van construyendo ese devenir de la comunidad.

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