Arte rupestre, comunidades e historia en el centro norte de Chile

124 – arte rupestre, comunidades e historia en el centro norte de chile mientos pequeños (Troncoso 1999, Troncoso et al. 2014), asociados a unidades sociales y económicas autárquicas y de baja escala, posiblemente familias exten- didas (Troncoso 1999, Troncoso et al. 2014). Esto se basa en el hecho que las excavaciones arqueológicas en estos sitios han mostrado la existencia de un área o dos de concentraciones de materiales interpretables como unidades residencia- les. El patrón de asentamiento, por tanto, implicaría que las diferentes familias que componen la comunidad diaguita de cada valle se encontrarían separadas espacialmente entre sí por varios kilómetros de distancia. En ese contexto, las comunidades diaguita serían comunidades con una escasa integración espacial y una baja interacción cara a cara producto del carácter autárquico y autosufi- ciente de cada asentamiento. Esta situación se vería potenciada por la ausencia de espacios formalizados a manera de plaza como ocurre en otras regiones de los Andes. Por tanto, la comunidad diaguita enfrenta la constante amenaza de la desestructuración producto de su escasa integración espacial. Un conjunto de prácticas sociales permitió la construcción y reproducción de estas comunidades desplegando distintos niveles de integración social. Entre ellas destacan dos prácticas que generaron espacios públicos. Por un lado, los cementerios, los que se encuentran presentes en los distintos valles del área de estudio, aunque no de forma abundante. Se caracterizan por tener un gran nú- mero de enterratorios y una ocupación continua a través del tiempo por parte de los grupos diaguita (Cornely 1956, Biskupovic 1985, Ampuero y Biskupovic 1991, Becker 2002), indicando que las prácticas funerarias integran a más de una unidad familiar dentro en un mismo lugar. Estos cementerios se segregan se los principales espacios funerarios previos. A la par, y aunque poco estudiado, sobre el nivel estratigráfico de las tumbas, los cementerios suelen presentar abundantes restos de cultura material correspondientes a fogones, restos zooarqueológicos y fragmentería cerámica de vasijas de tamaños medios a grandes (p.e. sitio Loma El Arenal, cuenca de Choapa o El Olivar cuenca de Elqui) (Becker 2003, Garrido 2016). Estas características llevan a pensar que estos depósitos bien pueden re- lacionarse con prácticas de comensalismo asociadas con las ritualidades propias de la funebria, situación que es común en múltiples contextos socio-históricos (Hayden 2009). De esta forma, un primer espacio público y de agregación social se daría en relación con la funebria y los antepasados, permitiendo con ello construir una comunidad a partir de los lazos que se generan entre los sujetos en ese espacio, pero también a partir de su articulación con una historia y una memoria particu- lar fundada en los ancestros. Aunque no ha sido un tema mayormente explorado, nos parece importante también el cambio que se da en el emplazamiento de estos

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