Arte rupestre, comunidades e historia en el centro norte de Chile

86 – arte rupestre, comunidades e historia en el centro norte de chile pacios residenciales, es interesante que se ubican en lugares donde las ocupacio- nes de los grupos agrícolas son escasas. Un claro ejemplo de esto es el interfluvio Elqui-Limarí, donde se reconocen varios ejemplos de pinturas de este momento tardío, pero donde no hay ocupaciones de los grupos agrícolas Diaguita debido a la ausencia de un elemento central para la constitución de sus asentamientos y vida social: tierras aptas para la vida agrícola. Este emplazamiento de las pin- turas es coherente con las formas que adquiere el patrón de asentamiento de los grupos cazadores-recolectores a lo largo de la historia, cual es el uso de espacios de interfluvios y alejados de las terrazas fluviales, por lo que no obstante la apa- rición de las comunidades agrícolas en la región, estos grupos continúan con sus formas de emplazamiento tradicional a nivel regional y es ahí donde continúan sus prácticas de pintado y marcado espacial, reproduciendo un paisaje de tareas de larga duración. Las primeras producciones de arte rupestre en la región se dieron en el marco de un proceso social asociado con la conformación de territorialidades, segmentaciones espaciales, aumento demográfico y conformación de tradicio- nes locales de habitar a lo largo de nuestra área de estudio. En ese contexto, la producción y experienciación de arte rupestre se relacionó con las estrategias que desplegaron las comunidades cazadoras recolectoras para autodefinirse a distintas escalas, permitiendo identificarse como similares a través de cómo se desplegaba esta práctica, pero también separarse a partir de sus particularidades. En este proceso, predominó una tendencia a una constitución colectivista de la comunidad que se desplegaba en los distintos pasos y ritmos asociados con su producción y experienciación. A través de los distintos momentos-lugares que despliega la cadena opera- tiva, así como de los ritmos de prácticas y articulaciones que ésta conlleva, las comunidades crearon todo un conjunto de relaciones espaciales, prácticas, mate- riales y citacionalidades a lo largo de la región, conformando un paisaje de tareas particulares y una dinámica rítmica-temporal propia a este momento histórico fundada en una baja intensidad cronológica de marcado. A través de este proce- so, por tanto, el arte rupestre despliega todo un campo de relaciones históricas donde los pigmentos adquieren una posición central fundada posiblemente en sus valores ontológicos. En ese campo de relaciones, la práctica de pintar rocas fue una entre diferentes prácticas centradas en la aplicación de pigmentos sobre distintas materias tales como huesos animales, instrumentos, cuerpos humanos, entre otros.

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