Arte rupestre, comunidades e historia en el centro norte de Chile

Pigmentos y una larga tradición de pinturas rupestres – 85 diferenciales (p.e. Méndez y Jackson 2004, Llagostera 1989). Estas propuestas son coherentes con lo que se observa en el arte rupestre y muestran el proceso de integración-fragmentación de los grupos que se desarrollan en este momento, reconociéndose comunidades diferentes a nivel de costa e interior, pero también en la zona Norte y Sur del área de estudio. Durante los momentos tardíos de esta tradición, las comunidades cazado- ras-recolectoras incorporan a su repertorio visual diseños de camélidos, otros similares a cabezas y, en varios sectores, antropomorfos, todos los cuales se ase- mejan a la iconografía rupestre de las comunidades agrícolas diaguita. Si bien aún no tenemos claridad sobre qué implicancias tiene la adopción de esta icono- grafía dentro de los grupos cazadores recolectores, ello muestra el dinamismo de estas comunidades, adaptando y adoptando diseños propios a estas comunidades agrícolas, pero incorporándolos dentro de sus espacios residenciales y en paneles que fueron previamente pintados, a la par que en sus discursos e imaginarios se- guramente se integran nuevas narrativas asociadas con personas y animales. Sin embargo, nada indica que estas nuevas representaciones se asocien con procesos de jerarquización social, sino más bien, como reconocen una serie de autores para otras regiones del mundo, son producto de las adaptaciones e incorporacio- nes que realizan estos grupos cuando ingresan en dinámicas de contacto cultural con otras entidades sociales (p.e. Bird-David 1988, Kent 2002, Brooks 2002). De hecho, es este mismo proceso el que llevó a que al momento de contacto con el Imperio Español, estos grupos cazadores recolectores plasmaron en la roca la imagen de una persona montada sobre un caballo. Este proceso de incorporación habría ocurrido preferencialmente en espa- cios ocupados ancestralmente como lo sugieren las dataciones radiocarbónicas y excavaciones arqueológicas. A pesar de estas innovaciones, se despliega toda una tradicionalidad en la práctica de pintar que replica una relación con una materia (pigmentos), un lugar, un ritmo y una audiencia y experiencia específica que le entrega identidad a esta tradición no obstante lo extenso de su duración. Esta misma tradicionalidad de cuenta de cómo la práctica, sus ritmos y espacialidad son un factor clave en su conformación, en tanto ello no varió durante siglos, a pesar de las transformaciones que se dan en lo visual. Finalmente, cabe señalar que el despliegue de esta práctica en tiempos tar- díos se reconoce en los distintos valles de la región, pero en todos ellos con una baja frecuencia, en coherencia con su menor extensión temporal en relación con la duración de la fase temprana de esta tradición, pero que también podría aso- ciarse a una menor población debido a que se comparte el territorio con gruos que mantienen otros sistemas de vida. Espacialmente, si bien ella se reitera en es-

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