Arte rupestre, comunidades e historia en el centro norte de Chile

78 – arte rupestre, comunidades e historia en el centro norte de chile Pinturas, Ritmos y Paisaje Lefebvre (2013), propone que las prácticas sobre las que se estructuran la vida so- cial remiten a un conjunto de ritmos que se intersectan entre sí y es sobre ellos que se va conformando lo social, pero también paisajes (Ingold 1993, Vergara 2019) y la historia (Robb y Pauketat 2013). Por tanto, los ritmos que establecen las prác- ticas de pintado en la región y sus diferencias nos parece que no sólo dan cuenta de las diferentes apropiaciones y dinámicas que despliegan los distintos grupos cazadores-recolectores en la región, sino también de cómo sus prácticas se estruc- turan de forma diferencial en relación con el tiempo, los ritmos de la historia y el movimiento. Como puede desprenderse del apartado anterior, un primer ritmo sobre el que estas prácticas se despliegan y que es común a todos estos grupos es el ritmo del movimiento a lo largo del paisaje, ritmo que implica a grosso modo que todo proceso de pintado y experienciación del arte rupestre se relaciona di- rectamente con el movimiento regional y su frecuencia por parte de los grupos en la región. Sin embargo, sobre ese principio rítmico principal, se despliega un segundo principio diferenciador referido a la intensidad de producción. Como muestra la tabla 3.2, esta intensidad varía a lo largo de la región, resul- tando ello en diferencias en la cantidad de sitios y rocas marcadas en cada cuenca. Esto implica, por una parte, que el ritmo del hacer arte rupestre difiere en el terri- torio, siendo más constante en la zona norte que en la zona sur. Por otra, que el ritmo de experienciación también varía, en cuanto al tener una mayor expresión espacial las pinturas en la zona norte, ellas serán experienciadas más regularmen- te por los grupos cazadores-recolectores en sus movimientos en comparación con los de la zona sur. A su vez, en el grueso del territorio encontramos que los sitios presentan pocas pinturas rupestres y un bajo número de rocas marcadas. Esta situación ocurre en la cuenca inferior de Elqui-Limarí, pero también en Combarbalá y Choapa. Esta escasez es propia a un ritmo bajo de manufactura, sugiriendo que la práctica de pintar es bastante espaciada temporalmente y que el conjunto de articulaciones que se generan a través de este proceso es poco intenso a lo largo de la historia. En ese sentido, si la práctica de marcar rocas es constructora del movimiento de la historia, este movimiento en tales lugares es lento. Esta situa- ción también implica una cierta lógica de articulación entre las personas con las imágenes rupestres, pues una vez que un diseño es pintado, este no es retocado, ni retomado. A nivel más amplio, esto genera en ocasiones que una vez un panel es intervenido, no se vuelve a pintar. En caso de que ello ocurra, no se pinta sobre diseños previos.

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