Mutaciones del patrimonio arquitectónico de Santiago de Chile. Una revisión del centro histórico

Como la mayoría de las ciudades chilenas, Santiago ha llegado a extenderse en de- masía, lo que obliga a fraccionarla en sectores más o menos inteligibles. Los sobresaltos de su crecimiento a menudo conspiran contra la armonía que solo se logra mediante la lenta sedimentación. Julián Marías sostiene que la ciudad que tarda en hacerse (por eso no es caprichosa) dura mucho tiempo. Ex- cepto en su fase fundacional, cuando todavía no es ciudad, es siempre antigua. Nor- malmente el individuo vive en una ciudad que no han hecho sus coetáneos, sino sus antepasados. Es cierto que la transforma y modifica. Sobre todo, la usa a su manera, descubriendo en ello su vocación peculiar, pero, por lo pronto es una realidad, recibi- da, heredada, histórica. Es decir, ni más ni menos que la sociedad misma. Es difícil de entender, por eso es profunda, particularmente reveladora 57 . Sin duda, las formas de crecimiento de la ci udad son consecuencia de momentos históri- cos en los cuales se conjugan determinadas relaciones sociales y estructuras económicas definidas. Santiago, hija de la trama en damero, es un caleidoscopio de patrones culturales, de tramas espaciales, de llenos y vacíos. A veces armoniosos, a veces desarticulados, fruto de azarosas combinaciones. De un desarrollo no integrado o de acciones puntuales, a menudo aleatorias, sin un orden central. Un tipo de relación es, por ejemplo, el de la fachada continua, cardinal característica de las edificaciones residenciales del casco antiguo santiaguino: pareo de la construc- ción por sus costados, diferenciando nítidamente el espacio público del privado. En tales casos, la vivienda se vuelca hacia el interior a través de patios configurados por la arquitectura, la que, a su vez, conforma la calle como una especie de corredor que se ensancha en plazas y cruces. Las esquinas se convierten, entonces, en elementos atrac- tivos para el diseñador, por cuanto logran definir la identidad de ciertas manzanas. La calle, por su parte, se dignifica en el detalle de la fachada que comunica lo públi- co y lo privado a través del acceso. En tiempos del periodo decimonónico los accesos se señalaban mediante zaguanes, puertas singulares o detalles prolijamente elaborados. El interior, a su vez, participa de lo público a través de balcones, miradores a la calle. Y la calle, entonces, adquiere vida, merced a la instalación de un comercio que se establece en el primer piso de las construcciones 58 . Las caract erísticas fundamentales de la imagen urbana que toda ciudad hispanoa- mericana lleva consigo se sostiene en el damero fundacional: fachada continua dando forma a la calle - sin antejardines-, originalmente de uno o dos pisos. Posteriormente, de mayor altura, con un singular tratamiento en las esquinas y los accesos. Se diferen- ciaba, de manera clara, el espacio público del privado. s 7 Jul ián Marías, La estructura social, Mad rid, 1956, citado por Fernando Chueca Goitia en"Breve historia del urbanismo", Alianza Ed itorial S.A., Madrid, 1968. 58 Roberto Montandón P., La Protección del patrimonio a rquitectón ico, en Revista CA Nº 14- 15 (Colegio de Arquitectos de Chile), Santiago, 1975, p. 24. 93

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