Mutaciones del patrimonio arquitectónico de Santiago de Chile. Una revisión del centro histórico
nivel de vida, la misma arquitectura, reflejo exacto del estado social, nos lo muestra; había iglesias, edificios administrativos y casas para la gent e rica; el pueblo vivía en forma mísera 38 . Esos edificios, sin ser obras de alta calidad, se expresaban en lenguaje sencillo y jamás pretendieron ser algo distinto de lo que fueron: materia rústica, próxima a la tierra, con la poderosa impronta de aquello que se hace a mano: los adobes, las tejas, las puertas y ventanas, los elementos decorativos. La unidad y ciertas leyes eurítmicas, sin ser perse- guidas, aparecían espontáneamente, producto de la repetición de unos cuantos patrones artesanales que definían la edilicia de entonces. En la perspectiva que otorga el tiempo transcurrido se contempla con nostalgia y algo de emoción, aquella edificación tan genui- na, tan humilde y, la vez, tan próxima a la vida cotidiana. Cuando apareció el primer arquitecto, a fines del siglo XVIII, se advierte un cambio manifiesto. Efectivamente, Joaquín Toesca propuso una mirada nueva, más racional, ci- mentada en los órdenes clásicos que él dominaba. Demostró que los edificios podían acogerse a un plan determinado, en el que la disciplina constructiva es gravitante. A la ingenuidad del siglo anterior contraponía conocimiento y método. La obra de Toesca destila nobleza y, al mismo tiempo, sobriedad; abre los fuegos a un nuevo tiempo, que sugiere la idea de una arquitectura correcta, pero menos espontánea, menos inocente. Es justo reconocer, sin embargo, que la obra ingenua de los alarifes se convertía en antecedente -nunca en oposición- de la obra culta del arquitecto. Ni siquiera se advierte demasiada diferencia: una constant e recorre ambas posiciones, haciendo aparecer a la segunda como la extensión perfeccionada y académica de la primera. Algún parentesco se puede hallar, con un grado de imaginación, entre el patio cuadrado de la Casa Colora- da -hoy desaparecido- y el patio de honor de La Moneda. Tal vez sea porque en ambos casos la relación dialógica entre arquitectura y entorno se logra con cuidada ponderación, para evitar que lo modesto derive en mezquindad o lo grande aspire a lo ampuloso. Secchi se atreve a afirmar que la arquitectura vivió, hasta mediados del siglo XIX, "en estado de gracia" 39 . Sin embargo, transcurrida la Independencia, sobrevino la libertad de pensamiento y de acción. Mientras tanto, el surgimiento de grandes fortunas y el contac- to cada vez más cercano con la cultura europea propició el encuentro de nuevas ideas. El descubrimiento de ruinas famosas, los escritos de Winckelmann y las teorías es- téticas en boga indujeron la imitación. El foco de atención es la manifestación externa, el envoltorio de la arquitectura, desplazando el interés por su contenido. Los afanes más cosméticos que estructurales condujeron las nuevas acciones por el camino de la adscripción a los estilos en boga. Y aquellas obras que conseguían salvoconducto de supervivencia terminaban despiadadamente alteradas. Los modelos originales, en con- secuencia, fueron exterminados uno tras otro; y la pérdida de vestigios prístinos, por ende, abortó la posibilidad de formular estudios con respaldo documental gráfico de primera fuente. 3 " Manuel Eduardo Secchi, óp. cit., p. 140. 3 • Manuel Eduardo Secchi, óp. cit., p. 141. 87
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