Mutaciones del patrimonio arquitectónico de Santiago de Chile. Una revisión del centro histórico

recía, particularmente, en el núcleo central de la ciudad. Un eco tardío de lo que el Viejo Mundo ya abandonaba. Las fachadas se exornaban con portadas, balcones, cornisas, pilastras adosadas. Su decoración se tornaba rica y variada. En plena Alameda y otros sectores céntricos se construyeron edificios que marcaron el periodo 36 . Pero, vestidas así, con recursos formales extraídos de diversos estilos, las construccio- nes terminaban por enmascarar la imagen genuina de la tradicional arquitectura chilena. La ciudad se sembraba de pastiches. Al cerrar el siglo XIX la arquitectura imitativa alcanzaba su cumbre. Se simulaba el mármol o la piedra. El estuco, por su parte, podía ocultar cualquier falsificación. 37 La casa propiamente chilena se identificaba con cierto esquema hispano romano ca- racterizado por una fachada continua, detrás de la que se sucedían dos o tres patios con- formados por crujías de recintos en retahíla. Arquitectura doméstica, de formas sencillas y materiales convencionales. Conscientemente se procura cumplir con esos atributos. Se procuraba un regreso a lo natural, una manera de reaccionar frente a la incontenible invasión de formas extranjeras. Pero, ¿por qué ese afán de revivir un ciclo ya cerrado? La arquitectura colonial ya había cumplido su etapa. Dio lo que pudo dar y cumplió. Desde luego, con grandes valores aún no del todo justipreciados. Después de la Segunda Guerra Mundial se produjo un cambio abrupto en el mundo occidental. Las artes, en general, y la arquitectura, en particular, no fueron la excepción. A partir del maquinismo se percibió una poderosa voluntad de concentrarse en el estudio de la forma . Y entonces vino la confrontación con lo local, con lo propio, donde influye- ron, definitivamente, el clima y la topografía. También la raza . Factores que hacían preva- lecer sus derechos. Surgieron, entonces, unas cuantas preguntas: ¿fueron determinantes los aportes de la arquitectura tradicional chilena? ¿Es, en efecto, la simiente sobre la cual se edificó la cultura arquitectónica? Hay quienes creen que no. Otros aseguran que ha sido el punto de partida necesario e inequívoco para perfilar su identidad. Manuel Eduardo Secchi sostiene que el pasado arquitectónico más relevante está con- centrado, con seguridad, entre el siglo XVII y la primera mitad del siglo XIX. Lo anterior es mera preparación. Lo que vino después, reiteración y, hasta cierto punto, decadencia. En Santiago del Nuevo Extremo construían maestros y alarifes que, venidos de España, trasplantaban lo que ellos an- tes habían practicado; no había, pues, obra de creación propiamente tal; pero ellos y sus obreros nativos, dependientes de una finalidad concreta y ligados a la materia, al construir para Dios, para el servicio del rey, o para el burgués, dueño de chácaras y esclavos, manifestaban esa condición rígida y casi desprendida del tiempo que el tipo popular tiene del mundo y cimentaban, sin proponérselo, el valor de nuestra arquitec- tura en una tradición de honradez. Esta gente que formó el alma de nuestros viejos edificios, era producto del estado llano, pertenecía a esa porción de la sociedad cuyo 36 Manuel Edua rdo Secchi, óp. dr., p. 139. 31 Armando de Ramón, Patricio Gross y Enrique Vial, Imagen ambiental de Santiago, 1880-1930, Santiago, 1984, Ediciones Universidad Católica de Chile, 1984, p. 143. 86

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