Mutaciones del patrimonio arquitectónico de Santiago de Chile. Una revisión del centro histórico

Los primeros tiempos, de luchas y de supervivencia, apenas permitieron unos cuantos balbuceos, precisamente los que conformaron las raíces de la expresión arquitectónica más reconocible en su desarrollo: líneas simples, formas elementales. No fue sino hasta el siglo XVII que se puede descubrir algunos atisbos de valor esté- tico, superadas las etapas más rudimentarias. Pero, a decir verdad, ni en sus momentos de esplendor se equipara a las grandes obras de Iberoamérica. En Chile no se produjo el barroco sensual de Lima o de Quito, debido a las precarias condiciones económicas. Lo que se dio, a cambio, fue una arquitectura reposada y modesta, siempre bajo los cánones que proponían el material y la t écnica constructiva 34 . Aunque no lo parezca, la obra de Toesca, monumental y científica, en el espíritu coin- cide con lo que se había hecho hasta entonces. Las primeras construcciones en Santiago, obra de alarifes provenientes de España, anunciaron, sin proponérselo, los sustantivos que cualificaron la arquitectura del valle central. Erigidos por gente del pueblo, las viviendas y edificios destilaban una serena austeridad 35 . Cuando apareció Toesca, a fines del siglo XVII, puso en marcha una arquitectura más racional, determinada por un metódico plan en el cual existen elementos sustraídos del estilo clásico. Toesca tenía conocimientos avanzados acerca del hacer constructivo y so- bre esa lógica propuso una manera ordenada de proyectar. Es dable advertir una notable diferencia entre la arquitectura de Toesca -sujeta a estrictos códigos y normas estableci- das- y la que ofrecían los artesanos, sin más fronteras que su propio instinto. Se explica, entonces, que la obra de los alarifes y constructores resulte algo ingenua si se compara con aquella más docta del profesional instruido. Con todo, la creación de Toesca recoge, en una versión más académica y depurada, los mismos principios compositivos y volu- métricos que regían el trabajo de los alarifes y constructores. Entre los aspectos comunes, la macicez de los cuerpos, su apego a la tierra, intuitivamente defendiéndose de la acción sísmica que se sucedía con implacable periodicidad. No es extraño que la libertad política haya traído consigo una cierta libertad de pensamiento, que se tradujo, al final, en notables avances culturales. Tiempo de grandes fortunas que hicieron posibles unos cuantos experimentos en materia de expresión ar- quitectónica; crecía, además, el afán por copiar e imitar las corrientes en boga provenien- tes del exterior, dejando de lado los modelos tradicionales. Las fachadas, tras perder algunos de sus elementos originales y con ello sus cualidades compositivas, se desnaturalizaban en gran medida. Las familias pudientes importan desde Europa todo aquello que resultaba exótico o singular. Muy pocas fachadas se mantenían sin alteraciones. ¿Qué queda entonces? En el siglo XIX llegaron algunos arquitectos franceses. El más importante, Brunet Debaines, impone racionalidad y organización. A mediados del siglo XIX se entronizaron los códigos expresivos inspirados en el neoclásico francés e italiano. Esta tendencia apa- 3• Alfredo Benavides Rodríguez, La arquitectura en el Virreinato del Perú en la Capitanía General de Chile, Ediciones Ercilla, Santiago, 1941 , p. 247. 3> Manuel Eduardo Secchi, La casa chilena hasta el siglo XIX, Instituto de Arte Americano e Investi gaciones Estéticas, Anales Nº 6, Santiago, 1942, p. 138. 85

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