Mutaciones del patrimonio arquitectónico de Santiago de Chile. Una revisión del centro histórico

Luego de este asalto y ante la amenaza cierta de un nuevo ataque de los picunches (indios de la zona central), se mandó a construir un muro en los contornos de la Plaza de Armas con el fin de fortificar la ciudad. Este muro de adobones (adobes de mayor dimen- sión) alcanzó un ancho de 1,5 metros y una altura de 12,5 metros. Aquel muro bordeaba las actuales calles de Santo Domingo, Bandera, Huérfanos y San Antonio. Luego del destructivo ataque a Santiago encabezado por Michimalongo, se levanta- ron viviendas de mayor estabilidad y resistencia, de modo que se constituyeran en francas fortalezas ante un eventual nuevo ataque. Eso explica que las viviendas de adobe -mu- chas de ellas de dos pisos- no tuviesen más abertura al exterior que el zaguán protegido por pesados portones de madera. Los cerramientos eran altas paredes blanqueadas a la cal. La vida cotidiana La ciudad recogía aún muchas características de un campamento militar, con toques de queda para sus habitantes. La diversión de los hombres se reducía al juego de naipes; a fines del siglo XVI se incorporaron las corridas de toros. Durante los primeros diez años el trigo y el maíz fueron los alimentos básicos para la supervivencia de los españoles, mientras se establecían de forma definitiva en las nuevas tierras. El primer molino de la ciudad fue construido por Bartolomé Flores, a un costado del cerro Santa Lucía; un segundo molino, const ruido por Rodrigo de Araya, se instaló, después, en el costado opuesto del mismo cerro. Ambos molinos utilizaban el cauce de agua que corría por La Cañada. La cultura y la enseñanza no fueron descuidadas por Pedro Hernández de Paterna, quien mantuvo en Santiago una escuela para indios y españoles donde se les enseñaba a leer. Consolidada esta obra, se mandó a Hernández hasta Quillota a fundar una nueva escuela. La vida de los indígenas se comenzó a desarrollar junto a los conquistadores. Inte- grándose a la vida activa, los indios picunches reemplazaban a los yanaconas en el servicio doméstico. La búsqueda de la fortuna era orientada, por algunos, hacia la explotación de las mi- nas de oro. Por otros, en cambio, hacia las apuestas de los juegos de azar, un vicio que se expandió ent re españoles, indios y negros. Las autoridades se vieron obligadas a cobrar multas a los infract ores. Para los castellanos sorprendidos en falta se fijó una multa de cien pesos de buen oro. A los indios y negros, por su parte, se les aplicaba un castigo físico : se establecieron cien azotes a la primera infracción y doscientos en la segunda, debiendo perma- necer, además atados, todo un día atados a la picota que se hallaba en el centro de la plaza de armas 13 . La posesión de una o más barras de oro transformaba a un aborigen o a un esclavo en sospechoso. Se suponía que era producto de robos o, en el mejor de los casos, de apuestas. El oro pasó a ser, pues, un producto de violenta discordia. 13 Carlos Valenzuela Solis de Ovando, óp. cit. , p. 56. 74

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