Mutaciones del patrimonio arquitectónico de Santiago de Chile. Una revisión del centro histórico
sistemas constructivos, programas o estilos, estaban determinados por las leyes y posi- bilidades de la manzana que, siguiendo la alineación viaria, dejaba patios en el interior. Todo hace suponer que la arquitectura de la etapa colonial - también la del periodo posterior a ella- , deriva de la ordenación sugerida por la trama y por la forma o trazado de la manzana. Rosas sostiene que aun en las manzanas centrales -sometidas a diferentes y constantes exigencias- la fuerte componente geométrica de la ortogonalidad es el principio básico y ordenador de cualquier tipo de organización arquitectónica 32 . La cuadrícula de la ciudad fue, durante mucho tiempo, el factor más sustantivo y definitorio de las tipologías edifi ca- torias. El resultado arquitectónico, ¿tendrá, además, relación con las escasas transforma- ciones tecnológicas y de sistemas constructivos que se registraban en esa época? ¿O con la poderosa gravitación de la vivienda del tipo casa-patio como relleno o agregado urbano dentro de la manzana? Sin duda, ambas cualidades contribuyeron a la persistencia de una edificación continua y monocorde, sin manifiestas variaciones: viviendas de construcción elemental que constituyen la célula básica, cuya multiplicación da cuerpo a la ciudad. Hasta el momento de la industrialización, desatada a mediados del siglo XIX, la con- formación volumétrica que presenta Santiago - la ciudad hispanoamericana, en general- es la resultante de la definición de una serie de determinantes formales aplicadas a los objetos arquitectónicos insertos en los solares de las manzanas cuadrangulares. Así como la regularidad de la manzana determina el tejido del centro fundacional, del mismo modo el patio interior define un esquema planimétrico característico en cada uno de los solares del área central: un vacío envuelto por crujías de habitaciones en sucesión. Pese a ello, la manzana, como un contenedor arquitectónico, tiene la capacidad de ofrecer algunas variantes y aceptar nuevas operaciones compositivas, dando cuenta de la enorme flexibilidad que posee como pieza . Pero cuando adviene la segunda mitad del siglo XIX se experimentan algunas trans- formaciones ostensibles: se instala la arquitectura neoclásica y ciertas obras públicas que incorporan tecnología de alto vuelo y revolucionarios sistemas constructivos que alteran la escala y las proporciones de las formas edificadas. Y aparece el monumento adscrito a la manzana. Es el momento en que irrumpe el hormigón armado y la edificación en altura, su hija predilecta. El sentido de la arquitectura de la manzana céntrica se transforma. Pero, ade- más, surgen situaciones compositivas enteramente nuevas: desaparecen los muros diviso- rios de carga para liberar el plano horizontal; se rompe la continuidad de la edificación, permitiendo que el espacio público se integre al edificio, en la planta baja. Sobre todo, se consigue un máximo aprovechamiento del suelo, multiplicando el número de plantas. El hormigón armado abre un horizonte de insospechadas posibilidades, propiciando un len- guaje avasallador, capaz de hacer del paisaj e urbano un mundo de dimensiones colosales, cada vez más ajenas a la estatura del hombre. Hasta fines del siglo XIX la manzana, como ente regulador de la ciudad, subdividida en cuartos o en sextos, conducía el orden de la edificación. Cada obra se subyugaba a esa 32 José Rosas Vera, óp. cit ., p. 30. 66
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