Mutaciones del patrimonio arquitectónico de Santiago de Chile. Una revisión del centro histórico
transformaciones, algunas superficiales y otras de fondo. Recientemente su pavimento debió ser repuesto para acoger la abrumadora demanda que impone la aplicación del Transantiago. Se han dispuesto cinco vías por cada sentido, separadas por una banda que, en algunos tramos, se ensancha: en medio de la vegetación se yerguen algunas estatuas de próceres chilenos. Pero la transformación más brutal -una franco surco artificial- se produjo durante la década de 1970-80, cuando la Alameda fue despiadadamente atravesada por la Carretera Panamericana ( o Norte-Sur). El centro histórico fue escindido de manera irreparable. En total 40 manzanas -el llamado Barrio Poniente- quedaron aisladas, reduciendo el área naturalmente protegida. En consecuencia, el perímetro del centro histórico ha perdido superficie y ha modifi- cado sus límites: el Parque Forestal, por el norte; la calle José Miguel De La Barra, por el oriente; la Alameda Libertador Bernardo O 'Higgins, por el sur; y la Carretera Panameri- cana por el poniente. Los inevitables cambios parecen manifestarse con más elocuencia en aquellos lugares de mayor demanda. La Alameda es uno de ellos. La experiencia demuestra que, en la medida que la actividad comercial se intensifica y se concentra en superficies más compactas, decae de manera automática el interés por los barrios antiguos, otrora tan codiciados para la instalación de oficinas. Pero el péndulo va y viene. No es extraño, por ende, que en las recientes décadas se haya fijado nuevamente la atención en los centros históricos. Se ha comprendido que en ellos reside lo más selecto de la historia, los símbolos más preciados, descontando que se encuentra allí, además, la más completa oferta de servicios tradicionales, como tam- bién las infraestructuras de comunicación. Gracias a ello, una promisoria expectativa se presiente, aun cuando se sabe que los recursos para nuevas inversiones en barrios viejos siempre seguirán siendo exiguos. Uno de los secretos de la rehabilitación del centro consiste, seguramente, en incen- tivar su destino residencial. En efecto, la recuperación del rol habitacional garantiza una vitalidad permanente, que no se extingue junto con el cese de la jornada laboral. Potencialmente el centro histórico está dotado de una infraestructura en la que funcio- nan con razonable eficiencia las redes de servicios de saneamiento y también las de abas- t ecimiento de agua, alumbrado y de pavimentación. Hay que perfeccionarlas, por cierto. Aunque parezca solo una operación cosmética, el arreglo de fachadas constituye un im- portante primer paso en aras de la revitalización. Influye en la disposición anímica de los habi- tantes. Resulta indispensable, en todo caso, que a los arreglos superficiales se agreguen acciones más profundas, que correspondan a la adaptación de los nuevos programas de actividades. De ello depende, por ejemplo, el éxito de la oferta turística y, consecuentemente, la sustentabilidad económica del centro. A las autoridades municipales no se les exige demasiado: simplemente que reco- nozcan el valor que atesoran los tejidos antiguos. Trabajo inútil si no se mentaliza a la ciudadanía, si no se divulgan los resultados. Hace falta un esfuerzo de educación perma- nente para que la comunidad se incorpore. Buena prueba de la sensibilidad que el tema despierta es el interés creciente con que se siguen los avatares de la demolición de un edificio de valor histórico y el rechazo general que esa operación suscita. 352
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