Mutaciones del patrimonio arquitectónico de Santiago de Chile. Una revisión del centro histórico

fundacional se localizó en el vértice norponiente de la Plaza de Armas. Precisamente allí emergió, amparada por la ley, una torre de 21 plantas, revestida en cristal reflectante. A partir de entonces, la Catedral perdió buena parte de su hegemonía y prestancia. Y las alteraciones no cesan: la nueva modificación que en 1981 afectó el entorno del cerro Santa Lucía, ofreciendo la posibilidad de construir volúmenes aislados a partir de los 70 metros de altura, contribuyó a producir un sensible impacto en la silueta de la ciudad. El promontorio natural, uno de los pocos resabios de paisaje incorporado a la ciudad, ha sido asfixiado paulatinamente, perdiendo su condición de hito referencial. Cierto es que las transformaciones de la ciudad obedecen a múltiples factores: la obsolescencia funcional y tecnológica, por ejemplo, que marcan el periodo de jubilación de los edificios más vetustos; o el incontenible incremento de la plusvalía en el centro, re- clamando una mayor densificación; o la entronización del hormigón armado, el acero y el vidrio, cuyas propiedades permiten simplificar los procesos constructivos, disminuyendo los tiempos de ejecución. Pero también es cierto que nada ni nadie impide que se actúe con sensatez al momen- to de adoptar decisiones que involucran a la ciudadanía toda. La ciudad de Santiago, convertida en una metrópoli desde mediados del siglo XX, t er- minó por fragmentarse tras el incontenible proceso de segregación urbana, cuyo correlato social fue el desplazamiento de los sectores de altos ingresos desde las áreas centrales ha- cia los nuevos suburbios del área oriente, cerca de los faldeos de la cordillera de los Andes. Paralelamente se producía el asentamiento de los sectores de bajos ingresos en la perife- ria norte, poniente y sur de la ciudad, en las áreas más alejadas del centro histórico. La ciu- dad prácticamente se dividió en dos partes: en una se desarrollaban los barrios de estratos económicamente más altos; en la otra, preindustrial, sobrevivían los de más bajos ingresos 6 • Es justo reconocer que el desenfrenado crecimiento demográfico trajo consigo trans- formaciones morfológicas, funcionales y espaciales inevitables en la ciudad. En efecto, la multiplicación de viviendas y de equipamiento se tradujo en un manifiesto cambio de su imagen. Los censos de población y vivienda revelan que en solo 30 años el número de habitantes se duplicó: en 1952 había 1.892.000; en 1982, 3.876.900 habitantes. En 1990 la población alcanzó más de 4.300.000 habitantes. Un reciente informe del Instituto de Estudios Urbanos de la Pontificia Universidad Católica de Chile destaca que, en la actualidad, Santiago es el área metropolitana más importante del país, concentra el 35 por ciento de la población chilena, el 60 por ciento del empleo industrial nacional y una proporción similar de su Producto Nacional Bruto 7 • Es un hecho irrefutable que el triángulo fundacional primitivo ha cambiado de forma. Los propios límites originales ya no son reconocibles: La Cañada García de Cáceres, por ejemplo, se ha trasformado en lo que hoy es la avenida Brasil; ante- cediendo al río Mapocho ha aparecido, como una barrera, el Parque Forestal, hoy flanqueado por la Costanera Andrés Bello. Del mismo modo "La Cañada", después llamada "Alameda", es hoy la principal art eria de la ciudad: la Avenida Libertador Bernardo O'Higgins. Esta arteria, de altísimo tráfico, ha sido motivo de permanentes 6 Eduardo San Martín, óp. cit., p. 82. 7 Andrés Necochea y Pablo Trivelli, Santiago Poniente. U11 caso de estudio de deterioro urbano y di11ámica social, Instituto de Estudios Urbanos. Pontificia Universidad Católica de Chile. Santiago, 1986, p. 37. 351

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