Mutaciones del patrimonio arquitectónico de Santiago de Chile. Una revisión del centro histórico
LA INTERVENCIÓN MOMIFICADORA El centro de la ciudad debe renacer. Un camino posible es el que han seguido quienes, enarbolando las banderas de la tradición, intentan una recuperación que busca replicar con despiadada fidelidad la imagen figurativa de los edificios originales. Que la ciudad mantenga su impronta, mayoritariament e decimonónica y todo cuanto sea edificación nueva se supedite a los códigos formales de lo existente. La tesis de una intervención museificante en el centro de Santiago solo se compren- dería si se eliminaran las causas que ahuyentan a la población; los más serios: la contami- nación ambiental y el caótico sistema de transporte colectivo. Como es obvio, la modalidad de remodelación tipo museo implica el desplazamiento de las familias modestas residentes en la zona, algo parecido a lo que se consiguió en Osnabruck y en Bremen, cuando la burguesía recuperó el centro histórico después de haberlo perdido en las primeras décadas del siglo XX. Allí, las obsoletas construcciones fueron objeto de una laboriosa rehabilitación, convirtiéndolas en residencias de lujo o en locales comerciales de refinados productos. El peligro es que una modalidad como esta termine por expulsar, de manera natural, a las familias modestas, confirmando la capacidad de los grupos de altos ingresos para decidir la definitiva distribución del espacio. LA REMODELACIÓN BULLDOZER El otro camino, igualmente riesgoso, igualmente dañino, consiste en arrasar con aquella edificación existente en mal estado de conservación -casi siempre recuperable- pretex- tando su inseguridad o vetustez, independientemente de sus valores arquitectónicos o históricos. Esta opción es esgrimida de preferencia por los grandes consorcios inmobilia- rios, interesados en obtener suelos limpios de obstáculos, a fin de favorecer la construc- ción de edificios de altura que garanticen, en lo posible, la máxima rentabilidad. Esta opción no es ajena a la experiencia chilena: entre 1960 y 1970 se llevó a cabo la llamada Remodelación San Borja en Santiago, que hizo tabla rasa de una extensa superficie al sur de la Alameda Bernardo O'Higgins. Se erigieron allí 18 torres, cada una de 21 plan- tas destinadas a la residencia. Solo se salvó del bulldozer la capilla del hospital San Borja. Como en el caso anterior, se produce la inevitable expulsión de sus habitantes. Y, lo que es más grave, significa la pérdida irreversible de un patrimonio que reclama ser con- servado. Las demasías demoledoras, practicadas con desalentadora frecuencia, obligan a re- accionar, aunque casi siempre tardíamente: se reconocen los méritos de la edificación histórica, promoviendo -si eso no amengua los réditos económicos- su preservación. Los solares del centro histórico incrementan su plusvalía de una manera natural. El principal escollo con que tropieza la iniciativa privada a la hora de proponer la demolición de un sector es la adquisición de los terrenos involucrados, producto de la antigüedad de los títulos de dominio, de las sucesiones no resueltas, de los litigios por herencias pendientes o los gravámenes diversos que pesan sobre títulos transferidos en 319
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