Mutaciones del patrimonio arquitectónico de Santiago de Chile. Una revisión del centro histórico

unas cuantas portadas señoriales en piedra, de las cuales quedan, hoy en día, muy pocas referencias en el damero céntrico de Santiago. La más notable es la Casa Colorada, cada vez más divorciada del entorno inmediato. Otras solo pueden ser visitadas en los libros que contienen dibujos de Roberto Dávila 7 o Eduardo Secchi 8 . La visión literaria es mucho más idealista. Para algunos autores Santiago florece al hilo de las historias románticas que refieren algunas novelas de la primera mitad del siglo XX. Uno de los telones de fondo recurrentes es La Alameda, que ofrece sus mejores galas en la época estival. Luis Orrego Luco, en Casa Grande, crea el ambiente propicio de la Nochebuena, en el año 1900, situando la escena en la algarabía callejera: Alegre, como pocas veces, llena de animación y bulla, se presentaba la fiesta de Pascua del año de gracia de 1900 en la muy leal y pacífica ciudad de Santiago, un tanto sacu- dida de su apatía colonial en la noche clásica de regocijo de las viejas ciudades espa- ñolas. De todas las arterias de la ciudad afluían ríos de gente hacia la grande Avenida de las Delicias, cuyos árboles elevaban sus copas sobre el paseo, en la cual destacaban cual manchas blancas los mármoles de las estatuas. La alegría de vivir sacude el alma con soplo radiante de sensaciones nuevas, de aspiraciones informes, abiertos como capullos en esos momentos en que la savia circula bajo la vieja corteza de los árboles. La muchedumbre sigue anhelante, sudorosa, apretados unos contra otros, avanzando lentamente, cambiando saludos, llamándose a voces los unos a los otros, en la confu- sión democrática de esta noche excepcional 9 . Abundan, también, las referencias al cerro Santa Lucía. En Un perdído el escritor Eduar- do Barrios hace soñar a los enamorados de su historia, llevándolos hasta lo alto del peñón urbano: Solían subir al cerro Santa Lucía y desde allí otear la gran masa de la ciudad que, bajo las estrellas y envuelta en su halo blanquecino, extendía su llanura de cúpulas y tejados sin fin. Las calles aparecían como estrías luminosas, los focos tendían sartas de perlas, y de los automóviles, los coches y los tranvías elevábase un rumor de vida bullente y placentera 10 . La lectura de la novelística chilena del pasado siglo trae reminiscencias del esplendor del Santiago desvanecido. Cautivados aún por ese ambiente sosegado y provinciano, hay quienes preconizan la idea de una ciudad sin grandes cambios, a la escala del t ranseúnte, adecuada para el encuentro, para las actividades sociales, para el cultivo de la amistad. 7 Osear Ortega S. y Silvia Pirotte M., Apuntes sobre Arquirectura Colonial Chiwna de Roberto Dáviui, Facultad de Arquitectura y Urbanismo, Universidad de Chile Santiago, 1978, 273 p. Osear Ortega S.. Roberto Dávila Carson. "Hacia una arquitectura propia", en Revista de Arquitectl.lra UCH Nº 2", Santiago, septiembre de 1991, pp. 6-11. 8 Manuel Eduardo Secchi Muñoz, La casa chi/,ena hasta el siglo XTX, Instituto de Arte Americano e Investigaciones Estéticas, Anales Nº 6, Santiago, 1942, pp. 121-144 . 9 Carlos Franz, La muralui enrerrada, Editorial Planeta Chilena, S.A. Bogotá, 2001, pp. 143-145. 1 ° Carlos Franz, óp. cir., p. 152. 318

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